Una leve brisa mecía las hojas aún perennes de la hermosa hortensia, la luz parecía haberse ido hacía ya algo de tiempo, pero los contrastes seguían existiendo y con ellos, la variopinta gama cromática de verdes asfixiados por el siempre pesado calor de un agosto difícil y raro.
Los agostos son meses salvajes e impredecibles, meses en los que vives de forma extraña y adoptas actitudes de hippie ahumado; todo es aire libre, duchas públicas, toallas compartidas con a veces, más proximidad de la que a uno le gustaría, olor a bronceador que acaba saturando el ambiente, barbacoas vecinas que comes tanto si quieres como si no, en fin, un despropósito de humedades, olores, sensaciones y demás locuras cargantes  para mí, nada gratificantes. Qué queréis que os diga, es un mes al que no echaría nada de menos si un día desapareciera del calendario.

La mirada muerta ya no devolvía esperanza en aquella casa compartida que iba a dejar de serlo en un breve espacio de tiempo, y con ella, se acababan las ilusiones de adolescente entusiasmado creyéndose rey del mundo por haber coronado alguna duna dorada con la bandera que llevaba siempre, y por si acaso en el bolsillo de atrás.

Tom

La rama principal siempre sabe cuando llega el momento de ramificarse, de seguir viviendo a través de finas arterias que darán paso a poderosas ramas solo con el paso del tiempo, mientras eso sucede, serán débiles y vulnerables, expuestas dolorosamente a un medio que casi siempre acaba siendo más hostil de lo esperado.
Mi rama fina ha dado lugar a una rama tan poderosa que cuesta trabajo y esfuerzo diferenciarla de su rama madre. Ya no tiene miedo, ya no se siente atrapada por el peso de otras ramas que desean abrirse camino y llegar antes a la luz, mi ramita es amable con los pájaros que en ella se posan, sonríe a los gorriones y regaña a las urracas cuando buscan coartada en su descanso, ella sabe ya que no importa llegar primero, que solo cuenta la dirección adecuada.
Así que sin miedo a nada hizo sus maletas, ésta vez con una enorme sonrisa en el rostro; se acordaba de las personas que más habían sumado en su vida sabiendo que de un modo u otro estaban ahí, cerraba los ojos tratando de percibir aromas familiares en el aire, tal vez algún destello fugaz de nardo que la transportara al regazo de abuelas almidonadas y ligeramente perfumadas.
La nueva vida estaba ahí, casi casi bajo sus pies, apenas un suspiro para liberarse del pesado lastre de la infelicidad.

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La vida parece menos aprovechada cuando se ve repartida en cajas, todo adquiere el aire triste del minimalismo no escogido, como si los días vividos hubieran desaparecido entre cartón y cinta de embalar.
No tenía un plan, salvo recuperar silencio, horas de sueño, comer más pescado y encontrar un trabajo, se preguntaba que tal resultaría volver al hogar paterno, había visto alguna que otra peli sobre cuarentonas tristes desahuciadas por maridos, empleos, caseros o todo a la vez,  y una extraña mezcla dividida en partes no alícuotas galopaba a lomos del fracaso y la oportunidad.
Los movimientos logísticos posteriores transcurrieron veloces y un tanto amnésicos y un amanecer naranja le rompió el duelo a la negra noche sorprendiéndola con ataques dirigidos hacia su oscura soledad; para entonces, unos pies desnudos se adentraban en unas cálidas aguas conocidas desde su genética más profunda, su Mediterráneo, ávido y acogedor  le lamía la punta de los dedos con su lengua crujiente de espuma blanca, unas gaviotas descendían curiosas el vuelo tratando de discernir si se trataba de ella, parecía que la reconocían, pues al segundo decenas coronaron aquel regreso a las aguas convirtiéndolo en algo casi místico.

Tal vez la felicidad exista, y el mar lo sepa.
Tal vez el amor no sea una utopía y el horizonte del equilibrio pueda tocarse.
Tal vez dos, no siempre se obtenga de sumar unos.
Tal vez el espejo tenía la respuesta.

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El regreso a casa, repleto de intercambios de saludos a caras conocidas,  la prensa en el viejo quiosco, el tiempo no pasa para él, el olor a libro flota en el alto techo como parte de su historia, un viejo edificio que llenaba las mochilas de escolares todos los septiembres del año, lápices amarillos, bolígrafos transparentes y cajas maravillosas de ceras pastosas de colores intensos.
Sonreía, todo era calma, la vida al fin se abría paso entre el recuerdo de unos atascos que quedaban ya, muy lejos de aquel momento, un claxon sonó devolviéndome a la realidad.

-Por un momento pensé que no volvería a detener mi coche ante ti..-farfulló un rostro conocido.
-Por un instante creí que habrías aprendido a conducir.
-Oh vaya, pelirroja, no sé qué voy a hacer contigo-dijo el rostro conocido mientras esbozaba una sonrisa.
-De momento invitarme a café, hay mucho que contar…

 

 

Oh, mi diosa, mi amada Kali, sean tus ojos mi guía y tu corazón mi morada.
Abre tus brazos y recíbeme en ellos, pues es allí donde quiero morir.
Aryaman