Una pregunta frecuente que siempre flota en el aire por encima de virus, miedos, alcohol e incertidumbre:

¿Cuándo me voy a casa?…

María Luisa es una octogenaria afectada por coronavirus que se queja de más para quedarse con algo menos de soledad, podríamos determinar que monopoliza afecto por miedo al abandono, confieso que le he cogido muchísimo cariño y que cuando entro a verla y me dispongo a trabajar, trata por todos los medios de captar mi atención con ocurrencias más propias de un infante que de una señora curtida en años, su enorme lista de deseos aumenta a diario y en tono conciliador, trato de negociarla siempre, accedo a una Coca-Cola con mucho hielo (dice que nunca está demasiado fría), le prometo un gin-tonic con sombrillita cuando todo esto pase, se ríe, nos reímos y salgo de la habitación hablando con un Dios que imagino sobrepasado por la situación o quién sabe, tal vez también en cuarentena, le pido que no nos abandone, que por favor no mire hacia otro lado.

Tres de la madrugada, y Aurora no consigue respirar, apneas de más de siete segundos y una pésima saturación de oxígeno, de broncoaspiración a parada, de la vida a ser recuerdo, del presente al pasado, aguanto la respiración hasta que los ojos se me humedecen, las lágrimas resbalan por un rostro abrumado por tanta hoja caída.
Se llena mi parque verde de hojas caducas a la velocidad de la cosas que quieres detener y que se escapan de entre los dedos.
Me salto el protocolo y abrazo a mi compañera Isabel, sentir el calor de otra persona que llora por lo mismo que tú, es en ese momento lo único capaz de serenar. Llorar en un cuarto de baño, respirar, ponerte de nuevo la mascarilla y seguir.

Teresa tiene demencia y una mirada de las que no se olvidan, le acaricio el pelo y le digo que es una campeona, sé que lucha porque veo la batalla en sus ojos y a diario, confieso que le tengo más miedo a las residencias de ancianos que al coronavirus, temo a un conjunto de residencias que permiten que seres humanos maravillosos como Teresa acudan en un estado de absoluta desnutrición, si para algo espero que sirva esta maldita pandemia, es para que abramos los ojos y seamos conscientes de cómo están viviendo nuestros mayores, nuestros padres, abuelos, y personas a las que les debemos lo que somos.

Celestino, alías el Houdini de la quinta, trata una y otra vez de escapar de su habitación, y lo hace hasta el punto en el que se quita su pijama, arranca su vía, y sale desnudo por un frío pasillo de madrugada, se esconde en la primera habitación que le viene a mano y propina tremendos sustos a viejas damas medio desorientadas que han perdido la costumbre de los saltos de cama y de tigre. En ocasiones se esconde en habitaciones de colegas de partida de dominó y puro, y les anima a un motín a bordo. Contemplo la escena conteniendo la risa, fingiendo un enfado que no siento y cual madre de adolescentes descontrolados, le digo que se vaya inmediatamente a su habitación y que ya hablaremos por la mañana de todo esto, agacha la cabeza, obedece, y trata de besarme en la mejilla.
En el aire, una mezcla de colegio, hospital y teatro real.

Nico, es un compañero maravilloso que hace fácil lo imposible, gran aliado de los días complicados, ameniza las largas jornadas con anécdotas cada cual más divertida que la anterior, su mujer, Violeta, es enfermera y a veces somos testigos de los encuentros amorosos de pasillo que se prodigan en los cambios de turno, les admiramos y envidiamos.

Rosa siempre trae pipas y cuando arrancamos, no hay quien nos pare, iniciamos charlas terapéuticas y en ocasiones somos capaces de olvidar el dolor, arreglamos el mundo tratando de  iniciar carreras de fondo.

Pilar dice que no sabe qué hace aquí, y nos pregunta que de qué vamos disfrazadas, cada día me invento un traje, desde astronauta hasta apicultoras, y es que claro, imaginaos el desconcierto de pacientes con demencia cuando en algún atisbo de lucidez, recuperan parte de una efímera consciencia y nos ven, jajaja, fuerte, ¿no?

Manolo es parte del equipo de limpieza y siempre tararea “Strangers in the night”, le digo que un día nos arrancamos con una coreografía completa, y, me consta que algunos compañeros ya la ensayan.

 

Y así, entre amaneceres que alcanzan atardeceres.
Entre noches que se confunden con días.
Entre hola y adiós.
Entre abriles y casi mayos.
Entre la vida y la muerte, hay muchas flores que florecen, mucha primavera que reverdece prados y puebla laderas.
Entre el negro y el blanco un sinfín de vetas rojizas, finas líneas de esperanza que vibran con sístoles y diástoles, mucho AMOR que llega para quedarse.

 

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Para mis héroes, para todos los que sujetan manos, para todos los hombros sobre los que uno puede llorar, para los hombres maravillosos que han debutado en el peor de los escenarios.
Para todas mis chicas, para todas las mujeres valientes que dejan familias intranquilas en casa que las necesitan.
Para los padres, hijos, maridos que nos escriben para acompañarnos.
Y para todos los que esto, os ha hecho ser mejores personas.

¡¡¡¡Gracias!!!!