Siendo realistas diremos que tal vez sea cierto eso de que no hay muchas posibilidades empresariales para una mujer nacida en la Italia de los cuarenta que no se conforma con convertirse en una “mamma” al uso y sueña con tener una independencia forjada entre trabajo, esfuerzo y  escritorios de madera de caoba con estilográficas cargadas con una visionaria tinta azul real.

Savigliano, a escasos 50 km de Turín, cuna de la metalurgia y fundición, importante en la fabricación de vehículos ferroviarios pero poco relacionada con el imperio que junto a su marido Michele Ferrero  llegaría Maria Franca a liderar. Hablamos de Ferrero, si, pero también hablamos de una brillante mente que entró de puntillas y casi sin hacer ruido allá por los sesenta ganándose su salario como secretaria e intérprete con apenas 20 años. Llena de interés y curiosidad acudía con diligencia a un puesto de trabajo que cobraba cada vez más importancia con las miradas furtivas que Michele Ferrero le profesaba cuando ella salía de su despacho. Como buen italiano, Michele destilaba seducción por cada poro de su piel y María no tardó en sucumbir a sus encantos.
“Me encantaría que dijeras que sí -le dijo él al pedirle matrimonio-. Pero ten en cuenta que vas a casarte con alguien que te hablará de chocolate todas las noches”. Aceptó, claro, y la boda se celebró en su ciudad natal, una población de apenas 20.000 habitantes que la había visto crecer y soñar, fue en 1962, y paradojas de la vida, aquel fue según dicen, un gran año de avellanas en la región de Piamonte.

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Jamás se separaron, y ella se convirtió en su más fiel consejera, en esa mujer que continuó trabajando en una empresa que tantas cosas le había dado, siguió aportando y escuchando a un marido que le hablaba cada noche de chocolate y avellanas, de envoltorios y estrategias, de no querer venderse y de continuar tratando a sus trabajadores como un patriarca. Tuvieron dos hijos, Giovanni y Pietro, el primero pasó a dirigir la empresa en 2015 cuando Michele murió tras luchar contra una larga enfermedad, y el segundo falleció en Sudáfrica tras sufrir un infarto, no había cumplido los 48 años y Ferrero vivió el momento más amargo.

Hoy María Franca es una de las cinco mujeres más ricas del mundo y encarna a la perfección ese prototipo de fortuna bien llevada, discreta y elegante. Mujer que no concede entrevistas y apenas sale en los medios, es la personificación de matriarca empresaria entregada a la familia y el negocio que se esconde detrás de cada gran hombre, detrás de cada gran fortuna sin hacer ruido.
Su hijo Giovanni dijo en una ocasión: “No os empeñéis en indagar en el árbol familiar de mi madre. Era una empleada de Ferrero, muy buena secretaria y traductora. Era una trabajadora realmente valiosa que conquistó a mi padre por su asombrosa capacidad”.

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Trabajar, crear y donar, ése es el lema de Ferrero, una empresa fundada por Pietro Ferrero, quien creó una crema de avellana y cacao para poder extender en el pan en una época gris de posguerra. Avellanas, ya que éstas abundaban en la región de su Piamonte natal tras una guerra que racionaba el cacao, el azúcar y las esperanzas. En la vía Rattazzi nació la confitería que regentaba junto a su mujer Piera, un dulce laboratorio visionario que acabaría convirtiéndose en un gran imperio que viviría su época dorada de la mano de su nuera María.
Ferrero colabora en programas infantiles para prevenir y combatir el sedentarismo y obesidad infantil mediante la promoción y subvención de 18 modalidades diferentes de deporte entre los más pequeños, para ello invierte anualmente más de 8 millones de euros. Otro objetivo es certificar el 100% de sus materias como sostenibles.
A través de su Fundación Ferrero Alba, demuestran su compromiso con las empresas sociales y dedican una pequeña estructura a los empleados jubilados, así como en centros sociales, educativos y culturales. Existen además tres empresas sociales activas en Camerún, Sudáfrica e India.