A menudo me pregunto qué hubiera sido de mí con una educación diferente, pues si, lo sé, que con total seguridad sería otra persona, la duda que me surge es si sería mejor o peor. Últimamente le doy muchas vueltas a eso, y es que tras sumergirme en el lado oscuro de la mentes propias y ajenas, me doy cuenta de la enorme importancia que tiene en la edad adulta un buen patio de infancia al que salir a jugar cuando los problemas se agolpan en la ventana de los cuarenta.

Base, estructura, núcleo, llamadlo como queráis, pero sé que me entendéis porque vosotros, ávidos e inquietos lectores de éste, humilde blog, sois agudos y rápidos.

Os contaré un cuento…

distorsión

 

Si nadie te enseña a querer, es prácticamente imposible que puedas hacerlo tú de  forma sana.
Aclaremos esto.

 

Una persona a la que quiero mucho, muchísimo, mucho, dice que uno sabe cuando le quieren si le hacen más grande, le comprenden y le cuidan (sé que todos estáis ahora detenidos en esta reflexión), bien, hacedlo.
Comprender no es que te den la razón mientras siguen con la cabeza baja atrapados por esa pantalla luminosa que últimamente parece ser la guía de nuestras vidas, no, no lo es. Como tampoco lo es que te den la palmadita en la espalda mientras una mirada de soslayo se da cuenta de que mierda, el partido está a punto de comenzar.

Cuidar no sé muy bien qué es o qué debería ser, pero quiero pensar que no tiene que ver con que “te hagan la cama”, esa frase me encanta, como si uno durmiera solo u en la bañera, o la de “te he tendido la ropa”, también es fabulosa.
No, no, no; quiero pensar que cuidar tiene más que ver con la empatía, el cariño, la atención y ese tipo de cosas que no están solamente en las novelas de Rosamunde Pilcher.

Lo de hacer más grande sí tengo claro qué es. Eso va de ayudar en el crecimiento personal atesorando lecciones en forma de viajes extracorpóreos para anidar en los tejados mentales de los demás y regresar con, algo más de sabiduría y generosidad. Ja, ¿cómo os quedáis?.

 

Vamos a empezar de verdad.

 

Empecé a quererte cuando supe que no volvería a verte, a dormir contigo, a observar con una mezcla de sorpresa e incredulidad tus manías cuando te vestías por las mañanas, de hecho, fue ése el momento en el que olvidé cosas como la ternura, la complicidad y el sexo.
Me di cuenta de que sólo había vivido ecos y reflejos de lo que se supone, es el amor y que tal vez yo, no te había querido nunca. Que tal vez mi pasado, mi familia y mi extraño presente hacían que yo no pudiera querer a nadie, no al menos de forma justa.
Y en esto del corazón y las emociones que le hacen latir, puede pasar casi de todo, puedes amar tanto a una persona que el miedo a perderla sea tan grande que te paralice. También despertar al lado de alguien a quien hace unas horas no conocías, pero prometías el cielo y el calor del mismísimo infierno.
Encajar piezas de puzles de vidas ajenas.

Acudir a un terapeuta porque a ciertas edades ya no sabes qué hacer con ese perpetuo vacío que te sigue como un perrillo abandonado y que crece y crece, tanto que  en ocasiones piensas que podría incluso devorarte. Especialmente cuando alguien vuelve a cerrar la puerta de la esperanza y eres tú la que de nuevo se queda dentro pensando en qué vino abrir esta vez  para celebrarlo.
Sólo nos falta que sea domingo, entonces rememoraremos viejas conversaciones mantenidas y sostenidas como un tibio Do, atrapado entre la majestuosidad y el ocaso de la nota sucesora. Vino, música y letras, las tres verdades de mi vida; Satie y sus místicas Gnossiennes, 1, 2 y 3
La lluvia, siempre ella al otro lado sublimando momentos, flotando etérea como una verdad líquida.

Talento, eso es lo que dicen algunos insensatos que tengo para esto de unir vocales y consonantes creando un paisaje, bah…

 

Joshua Bell, ése señor sí que tiene talento.
Lloro junto a su maravilloso Stradivarius; un Gibson ExHuberman de 1713 el cual vibra con un arco Tourte, tiene el don y privilegio de alumbrar el nacimiento de toda clase de palabras que se encuentran al final de cada soneto bajo el eslogan de, “Las casualidades no existen, son los padres”.

chica leyendo playa

 

Sonrío mientras pienso en lo mucho que me gusta dejar finales abiertos, así en la tierra como en el cielo, y es que éstos representan de forma veraz al conjunto de horas y momentos llamados vida, lo demás, no me interesa.
En mi cabecita la enérgica voz de mi madre esgrimiendo un contundente ¡Ya te lo dije!, claro mamá, claro.