Horas y horas escuchando a la misma pálida voz interior resultante de dudas y excusas, de miedos e inseguridades, de rabias y amores no correspondidos, está claro que todos tenemos un equilibrio entre la voz y la acción, y el que no, va al psiquiatra.
Todo este tiempo de silencio y apariciones escasas me ha servido para ralentizar los momentos, absorberlos y decidir qué se quedaba y qué se marchaba, he aprendido a sufrir sin que se notara, a reír mientras lloraba, a vivir el día y a veces el minuto, y lo más importante, a quererme por encima de cualquier otra persona.

Creo que soy una mujer que vive de pequeñas cosas. Creo también que jamás me gustará la sandía. Creo que el fútbol empieza a estar sobrevalorado y que si éste consigue ponerte de mal humor, no merece tanto la pena. Creo que hay demasiados perfumes en el mundo y que si te limitas a usar tres a lo largo de tu vida, sencillamente no has tenido ninguna. Creo que nos olvidamos de lo importante y que los anuncios de la tele no ayudan demasiado. Creo que crees que te seguiré por tu complejo mundo interior, y creo que nunca estuviste más equivocado. Creo que no creer ya no resulta tan grave.
Creo que cada vez hay menos diferencia entre lo que pienso, lo que siento y aquello que digo, creo que algunos le llaman coherencia, creo que tienen razón.

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Los atardeceres de mi vida siguen siendo productivos y altamente ricos en matices y pigmentos, no he sustituido púrpuras por ocres, ni tejas por grises, sigo admirando a los estorninos y ahora que pienso, hace tiempo que no diviso horizontes en busca de alguno.
Mi lugar favorito del mundo sigue siendo  la chimenea, ésa que resulta más terapéutica si la contemplas con devoción y vino. La quinta de Mahler siempre eleva lo vivido a un plano excepcional, y qué puñetas, tampoco hace falta mucho más para aprovechar un buen fuego.

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Valoro los años pasados con más justicia y objetividad, recuerdo con más nitidez los años de infancia, tal vez se deba a que cada vez hay un día más en el baúl de lo vivido, a veces me invade una nostalgia que devora sentimientos dividiéndolos en virutas heterogéneas de dulces y salados. Pero confieso que he aprendido a amarlos.
El pintalabios desaparece en besos regalados, se atascan sueños y se hipotecan ideas, pero la pasión aumenta con los años aunque la razón vaya siendo escasa. Tratar de llegar a alguna parte sin importar los peajes impuestos, luchar por las noches de charla y humo, reivindicar el día del pijama, salir a las calles a lucharlo y acostarse para celebrarlo.
Olvidarse de recordar.
Enterrar el tercer ojo.
Trabajar de noche y beber de día.
Plantar hortensias.
Regalar café.

Y llenar la vida de días, de risas, de frases que comienzan con un: “Estamos locos”, soñar y andar hacia el sueño, no perderse en el gris de la mediocridad, acudir al trabajo con besos de más y sueño de menos, mirar a ése hombre y desearle muchos hijos, km, y hemorroides, no permitir que la vida se tuerza justo cuando dominas el arte de la improvisación, y sobre todo, por encima incluso del fuego y el vino, plántale cara a la oscuridad  y deja de arrodillarte.

 

“Tiempo sin tiempo”

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

Mario Benedetti.