Anticiparse a los movimientos del adversario conociendo a la perfección cuales son nuestros puntos débiles, eso, y seguir sonriendo como si no fueras a hacer daño tras derrotar; podría ser cualquier juego de mesa que lleve algún tablero incorporado, pero también podría ser el idioma entre dos corazones que han perdido ya alguna que otra vida.
Nunca había apostado todo lo que tenía si de creer en otro ser humano se trataba, no al menos si tenía que dormir con él y averiguar a la mañana siguiente si hablaba por los codos o bien ayudaba a crear atmósferas incómodas que invitaban al silbido y al cigarrillo imaginario que se consume entre miradas furtivas a cualquier dispositivo electrónico que nos permite decir adiós sin que parezca un hasta luego.

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El párrafo anterior brota casi como un estornudo inapropiado de mi cabecita loca, mientras Lucía me cuenta un tanto histérica, que ha conocido a un tipo que lleva las camisas impecables y los zapatos sucios; me mira fijamente mientras hace una larga pausa y eleva las cejas en lo que deduzco es, una búsqueda de respuesta ocurrente, un consejo tranquilizador o un plan de evacuación inmediato. Entreabro la boca en un intento tibio de quitarle hierro a un asunto que se desliza entre mis dedos como un pedazo de mantequilla blanda, qué sabré yo de esas cosas, no deja de sorprenderme que por el hecho de pertenecer al mismo género ya has de saber necesaria y obligatoriamente todos los asuntos relativos al género contrario, bah, nada más lejos de la realidad, a duras penas entiendo yo a mi padre y llevo cuarenta años viéndole entre delitos y faltas (según mi madre), pero mi boca trata de darle una razón a semejante suceso catastrófico protagonizado por unos pobres zapatos que tal vez debieran enfrentarse a aventuras arduas y colosales. No le des importancia le digo un tanto confundida por la conversación que se extiende ante mi igual de rara que de desconocida, seguro que el pobre no tuvo todo el tiempo que necesitaba y créeme Lucía que puestos a escoger entre camisa impoluta y zapatos sucios, yo voto también por la camisa. Tal vez tengas razón me dice con una boca retorcida y no muy convencida, tal vez deba darle otra oportunidad.
Claro, no me extraña nada que Lucía lleve siete relaciones tan efímeras como extrañas en el último año, si un motivo de descarte son unos pobres zapatos sin derecho a historia y réplica. Nos hemos vuelto locos.

¿Qué ha sido de la generosidad?
¿Dónde están las ganas de luchar?
¿Queda alguien en la sala con el corazón de repuesto preparado por si acaso?

Gilipolleces, eso es lo que son algunos de los pretextos que nos contamos para no arriesgar, para no dar más de lo que tememos perder, cómo si la vida fuera a cambiarte los corazones que no usaste en esta vida por parcelas de nubes blancas cuando te llegue la hora de decir adiós a latidos y oportunidades. Tal vez en ese momento los zapatos sucios, la risa floja, los kilómetros, el horóscopo, el yo no tomo verduras y algún que otro diente torcido no fueran tan importantes o excluyentes.

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Arriesga y gana, la mejor batalla es la que consigues ganarle a tu miedo, ésa en la que despliegas velas en busca de amor siguiendo las indicaciones de un corazón que se siente libre y capaz, no contengas nada a no ser que seas presa, si no es tu caso, coge ahora mismo el teléfono y dile que le quieres, aunque esté viendo un partido de fútbol y no vaya a enterarse de nada a no ser que escribas penalti en la primera línea, da igual, hazlo, abraza, besa, sonríe, tienes la obligación de hacer que la vida de otra persona sea más bonita y agradable, que no se nos olvide que eso es el alma de cualquier relación.

 

Momentos que no tienen precio

Llegar al fin hasta la puerta de tu casa,
entrar, echar todas las cerraduras,
y, como quien saborea el sabor de la venganza,
decirlo:
“ahí os quedáis hijos de puta”.

 

Karmelo C. Iribarren