Tras los años, los kilómetros, algunas arrugas  y litros de vino, empiezo a recoger los frutos de una siembra que ha sobrevivido a lluvias excesivas y  sequías interminables, hoy no es ayer y las vivencias no se acumulan en forma de nudos sin resolver.
Me gusta estar en mi piel, me encanta despertar cada día y verme en el espejo, hoy ya no miro hacia el otro lado de la cama, esté éste cómo esté.

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Supongo que eso es madurar, pero claro, también lo es reciclar, mirar las ofertas, pensar en el futuro de tus padres y dar buenas propinas cuando te atienden por encima de la obligación. Bah, que la vida va deprisa lo sabemos todos, pero que hay que vivirla ya no; y es triste llegar a una edad en la que ya almacenas los recuerdos suficientes como para echar la vista atrás y no ver más que el camino establecido repleto de frases que empiezan por el horrible “Es lo que debía”, “Siempre lo tuvo claro”, “Es tan responsable”, por Dios no soy capaz de imaginar una vida que vaya sobre esos rieles.
He sido rebelde y mucho, he sacado las uñas contra las injusticias laborales, familiares y sentimentales, mi epitafio será sin duda: “¿Y yo porqué tengo que aguantar esto?”, lo sé, pero a estas alturas sólo me hace ilusión lo inesperado, aquello verde que brota sobre un lecho de hormigón, y tú…

Tus ganas, la lucha, la rabia, la toalla que no quieres tirar, la esperanza que depositas en una mujer con muchos menos y algunos más, cuyos ojos según dices, te devuelven la confianza perdida entre un martes y un miércoles de algún irresponsable diciembre del no tan lejano ayer.
No necesitar ser para querer estar.
No estar sin sentir.

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Y menudo lío tenemos montado en ésta nuestra década que empieza con el insulso cuatro; como si dejar fuera más fácil que empezar, unos terribles verbos infinitivos que amenazan tormenta y maletas de tres en tres, pero no imagino no seguirte por el  mundo, no logro entender esta madurez alborotada sin ti.
Vivo una tercera adolescencia repleta de granos rebeldes y tallas treinta y seis.
Me gusta la idea de que sólo tú vayas a coronar la cima.

Volvámonos locos, no puede haber nada mejor en estos momentos que arriesgar corazones que ya suben la apuesta de una aparente fragilidad.
Atrévete y gana, no habrá grieta que pueda amenazar tu libertad.

Ama.

 

La Pelea.

Miré a la vida de frente y ella me devolvió la mirada.
Tengo varias cicatrices de entonces. A veces las miro
y me hablan. Me dicen que estuve allí, que me dejé
el alma en la pelea. Que si sigo pateando estas aceras,
no es por pura casualidad.

Karmelo C. Iribarren