Despertó de un mal sueño empapada en sudor, la noche se había vuelto un conjunto de horas vacías y dolorosas, un gran agujero negro en el que los fantasmas del sabio subconsciente salían a pasear reluciendo sus míseras carencias. Horas detenidas, atrapadas entre lo que se es y lo que no se quiere ser, entre lo que se ama y lo que se llora, entre un suspiro y todo lo demás.

El amanecer llegaba firme y rompía la noche con violentos brochazos naranja, ésta apuraba los últimos minutos flotando sobre un lecho de púrpuras que desteñían cansancio.
El aire húmedo y salado volvía el rostro pegajoso,  los brazos se cruzaban apretando el torso tembloroso  que se estremecía tratando de  retener un poco de calor.
Todo guardaba duelo y calma en unas horas nada propicias para notas altas.
A lo lejos se divisaba un conjunto de luces intermitentes que convertían el horizonte en un montón  de guiños cobrizos, al parecer no todo dormía en el país de los lunes eternos.

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Algunos recuerdos de amor caminaban ebrios sobre un alma que se perdía dentro de una gran y laberíntica oscuridad.
Estratos de dudas que germinaban sin dar brotes verdes.
Guardar el espacio en la cama. Morir en él.
Recuperar la calma de madrugada  mediante el abrigo de unos brazos que acudían al rescate  de unos ojos marrones que se desvelaban en ocasiones por culpa del café que había en tu mirada.

¿Dónde acaban los abrazos que no se dan?

El alma no se conforma con haber perdido, no ama la derrota ni acepta el largo olvido.
Palabras rotas entre la luz y la sombra, silencios que todo lo tiñen de un extraño color, una lección aprendida, la de saber que, en ocasiones, el amor más fuerte es aquél capaz de mostrar al mundo su fragilidad.

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Se alejó  de todo aquello descalzándose en una playa con barbas de espuma que le hacían cosquillas en los pies, el mar, su mar, tan violento y extraño a esas horas, rugía feroz culpando a la vida de las risas que mueren.
Las osadas gaviotas sobrevolaban olas en busca de débiles pececillos arrastrados por la bravura de las aguas revueltas.
Era fácil empatizar con eso, era tan sencillo sentirse arrastrada por la violenta y despiadada inercia de la vida que se desboca despojándote de toda lógica y control.
En ese momento el mar parecía estar a punto de hundirse.

Como decía Borges; cuántos lugares se tornan vanos y sin sentido cuando alguien se va.

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Una de las ventajas del dolor, es que todo resulta ser inspirador,  lágrimas que se reciclan y acaban pareciendo  poesías, sonetos que se extraen de cada una de las faltas de respiración, y la transformación del desamor en un decálogo de viveza y superación interior.
Páginas que se escriben con la pluma del tiempo y la falta de razón, y cuando menos lo imaginas, tienes entre las manos un diario repleto de caminos y verdades, manchado de chocolate y gotas de alcohol.

Poco a poco va escribiéndose la historia; tinta roja que llora sobre un cuaderno blanco, fiel testigo cómplice de vida a prueba de silencio, kilómetros y resurrección.