El tiempo, gran aliado de las verdades a medias se encargó de poner punto a cada ilusa i, fue capaz de serenar ánimos y relativizar conceptos, algunos de ellos ridículamente vacíos a día de hoy.
Nada como la distancia para aprender de los errores, para darse cuenta de que abandonarse a uno mismo nunca puede dar un resultado positivo en balanzas ajenas.
He aprendido a pensar de forma global, a no tener fecha de caducidad corta y sobre todo a construir una nueva yo, y creedme que nunca pensé que llegara a ser tan difícil, no imagináis la de cosas adheridas a fuego que deben abandonarte, una cantidad sorprendente de manías y reproches de los que debes despedirte, y el miedo de no saber quién serás sin todo lo que ha formado parte del mapa de tu identidad. Vértigo.

Hoy perder no me asusta, de hecho he perdido tanto, tanto, tanto, que creo, que soy tan positiva y fuerte que gano mientras pierdo (sonrío mientras lo escribo, pero claro, no me veis).
Adiós a ciudades, viejas calles, nuevos trabajos.
Adiós a mi hijo, Lucas,  para el que apenas tuve tiempo.
Adiós, y adiós.

Repito, hoy perder ya no me asusta.

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Mi felicidad, algo que dejaba erróneamente en cualquier mano que pasara cerca de la mía.

Lo bueno de los cuarenta es que tienes todavía un montón de tiempo para cambiar rutas y rumbos, que mantienes la inocencia de la tierra prometida, que has adquirido una cierta práctica  con el timón y que pase lo que pase, sabes que lo importante del viaje es cada segundo  bien aprovechado desde que lo inicias.
Estoy en pleno proceso vital, el cual guarda algunas similitudes con cualquier duro proceso de desintoxicación, hay días que desearía no estar, días que quisiera arrancar del calendario, días raros que me producen rechazo con casi todo el mundo exterior, días en los que solo me abrazo y escribo, otros que los pasaría borracha y unos pocos que paso riendo y soñando, pretendo ordenar porcentajes, pero ya os digo que es un proceso largo.

Soy feliz, y lo soy porque hoy sé qué significa serlo, desde luego no guarda parecido a cualquier felicidad de antaño, lo material, externo y superfluo han desaparecido por completo de mi nueva yo.
Pero me río como nunca cuando algo me hace mucha gracia.
Sueño con metas alcanzables sin perder de visto el horizonte de mi luna.
Me aman. Amo.
Y al fin sé que cuando uno escribe para sí mismo, todo el mundo le entiende.

 

Tengo mil doscientas treinta y seis incógnitas.
No sé si me amabas como decías que lo hacías. No sé qué pasará con nuestro amor. No sé si entiendes ahora qué significa luchar. No sé…tantas cosas.
Pero te diré algo, gracias por tu piel, tus manos, esos abrazos en los que quería vivir, gracias por ser mi paño de lágrimas y mi saco de boxeo, gracias por la paciencia, por no mirar demasiado hacia otro lado, por querer regalarme polvo de estrellas aunque no pudiéramos permitírnoslo, gracias por esperarme en cada estación, por llorar conmigo y sin mí, gracias por decir siempre y nunca, gracias por renunciar a cosas vitales para ti.

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La luz intermitente de una vela le proporcionaba  algo de candor a una estancia invadida por decenas de vestidos extendidos sobre la cama, decidir cuál sí y cuál no, no era una tarea sencilla de acometer para alguien que ya había hecho más de una selección anti natural, en estos casos creo que lo mejor es que se imponga la lógica y la practicidad, mientras tanto,  Madonna y su “Where´s the party”  forman parte de la banda sonora del agridulce momento, hacer maletas siempre es doloroso, siempre hay algo que dejas, algo que te llevas y algo que jamás volverás a tener.
Revisó la habitación por última vez, apretó el cinturón de su abrigo, ajustó las gafas de sol con un dedo, exhaló un aire cargado de miedo y dolor, y cerró la puerta, descendió las escaleras tratando de no pensar, abajo un coche aguardaba, se subió, cerró la puerta y se puso el cinturón de seguridad, arrancó, comprobó la dirección y emprendió el camino, era fácil, sólo tenía que seguir el camino de baldosas amarillas.

baldosas amarillas