Sintió la habitual punzada en el estómago cuando entró en la casa, algunos muebles, los más apreciados se hallaban cubiertos por viejas sábanas blancas que sin duda descenderían de algún avituallamiento de post guerra, el resto contenía más de un dedo de polvo grisáceo y otros permanecían intactos, como si el tiempo pasara de largo. Abrió ventanas y descorrió cortinas, la imperiosa necesidad de luz y aire fresco imperaba en aquel momento, no era un día soleado ni caluroso, más bien todo lo contrario, el viento doblegaba las ramas del almendro con fuerza y algunas, las más prematuras dejaban caer sus frutos sin que éstos hubieran terminado con éxito su madurez. Así es la vida, y así la naturaleza, nunca justa pero siempre exacta.
Las nubes iban aglutinando carga eléctrica y las gotas empezaban a caer, presurosa salió al jardín como si alguien golpeara una campana que con su tañido anunciara que era la hora de sentarse a la mesa, los primeros cinco minutos de lluvia son probablemente los más evocadores, aromas de tierra y metal liberados, campos agradecidos, y verdes que desempolvan su manto gris, gotas que resbalan por marcos y quicios, cristales salpicados y flores sorprendidas de recibir su manto perlado,  gorriones que juegan a evitar mojarse las alas.

Sabía que el primer pensamiento se vestiría con el traje de los domingos, ese que sólo se ponía cuando la ocasión merecía algo más que la triste pena, y fiel a su cita nostálgica acudía a su fotográfica memoria en forma de sentido incompleto, cuán difícil resultaba dejar atrás todo lo que se empeñaba en seguir permaneciendo en el presente.
Cuántas veces querría decirle lo mucho que le necesitaba, todavía, aún, a pesar.
Cuántas veces necesitaba escuchar su voz, su calma, quietud, rabia, aún, a pesar.
Cuántas veces se odiaba por necesitar algo, todavía, aún, a pesar.

mechón pelo

El cielo amenazaba continuidad y nieve, nieve en abril, quién podría predecir semejante disparate, el tiempo se había vuelto definitivamente loco; tanto como los ingenuos de pálido corazón que seguían creyendo que uno gana sin esfuerzo, como los que creían que algo salvaje podía ser domesticado, como aquellos que vivían la vida sin entender que ésta nunca podría ser manipulada, como todos los que creyeron conocerla, como esos que colgaban medallas en sus polvorientas solapas por el simple hecho de que ella sus sobras les regalara.

Apenas quedaban troncos secos que pudieran arder con facilidad y una cierta inmediatez, el frio empezaba a sentirse y era temprano para que el alcohol supliera al fuego, y no por falta de ganas.
Se puso una vieja chaqueta de lana que había tejido su abuela, como tantas prendas que aún conservaba cual tesoros de valor incalculable, al abrigo y custodia de cachivaches que en teoría repelían polillas y demás bichos hambrientos de lana e historia. Seguía sorprendiéndose del número de años que era capaz de perdurar el aroma de heno de Pravia, tal vez los reputados perfumistas del momento deberían reflexionar acerca de porqué perfumes carísimos duran menos que un estornudo y sin embargo colonias de litro y almacén sobreviven a guerras y plagas.

Casi nadie había estado allí, a casi nadie podía asociar al momento, estaba a salvo de recuerdos que pudieran dañarla y fragmentar aún más sus pedazos. Así que cogió un cuaderno de páginas amarillentas y se dispuso a ordenar pensamientos, era parte de una terapia obligatoria que si seguía, la mantendría alejada de comportamientos auto destructivos, o al menos, eso decían.
La mañana dio paso a la noche y sus hojas amarillas se tornaron decálogos de viajeros nómadas en busca del santo grial, una familiar  forma de líneas de vida redondas y  azuladas, una canción flotando en el aire maridando el momento vino, “Budapest” cuyo autor, George Ezra, bordaba la aliteración de forma magistral. La lluvia seguía calando emociones y sublimando ausencias, así era ella de implacable y metálica.

casa exterior
Con la copa en la mano, cual faro de Buda, salió al jardín en busca de bulbos verdes que anunciaran  nuevos y mejores tiempos, la lavanda se coronaba como ganadora en aquella extraña primavera y los almendros contenían parte de la rareza del momento combinando frutos verdes con flores secas. Dio con un árbol listo para convertirse en leña, así que apoyó la copa en el tronco de un olivo vecino y se dispuso a procurarse un aliño de madera y calor, la supervivencia es lo que tiene, una aprende a manejarse con el hacha y la carencia, bajo la lluvia y sin amor.

 

¿Por qué no estás?
¿Por qué no me ves?
¿Por qué sigues acompañando el dolor con el siempre y el nunca?
¿Por qué no basta?
¿Por qué?

Los puentes que no logras cruzar son en cierto modo, como las historias que no logras vivir, no sabes si hubiera merecido la pena o si, por el contrario la aventura era infinitamente mejor desde el extremo que te mantenía a salvo.

La época del arrepentimiento, del quería pero no podía, del quise pero no hice. La bella época del perdón.
No existe equilibrio más hermoso que el que se halla en las cosas que se tambalean, son las únicas que consiguen que sigas adelante como si nada fuese seguro, valorando los instantes como los mejores momentos, sabiendo que incluso lo peor de ti es más grande que lo mejor de todos.

Para entonces el fuego ardía vivo y osado, una noche más rezaba para que el amor, su amor, la salvara de todo aquello y él supiera entender que una historia de amor como esa, ni se encuentra, ni se vive, ni se sufre tan fácilmente, malos tiempos para la lírica, malos tiempos para la esperanza, tal vez mañana encontrara el camino de vuelta a casa.

vino y chimiena