Al cambio se llega siempre de la mano del sufrimiento, no hay atajos, no te engañes, no los hay. Y si crees que has encontrado la forma de evitar peajes, es porque todavía estás en la etapa de involución. No tengas prisa, llegarás.

Las decisiones que no tomé fueron mejores que aquellas que creí saber, respuestas dadas desde el gran vacío interior, retales cosidos con errores de patrones primarios, el resultado, trajes inservibles, llenos de decepciones, despropósitos y mucho dolor.

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Domingo, la luz se filtra a través de los agujeros de una vieja persiana, algún pajarillo despistado anuncia la calma y la ausencia total de prisa, me regalo unos minutos de estiramientos perezosos mientras ordeno pensamientos.
Café, esa es la segunda cosa que me viene a la memoria en forma de deseo inmediato, la primera no es confesable.
Lleno una taza más allá de lo razonable, últimamente se han invertido bastante las proporciones, apenas un poco de leche para desteñir el valiente negro de la inspiradora cafeína, pero me sienta bien.
Rachmaninoff también me sienta fenomenal, su adagio sostenido en C menor de su opera decimoctava para piano es casi casi de otro mundo, cierro los ojos, tú acudes a ellos, ahí estás, detenido entre la estación y el balcón, cual Julieta enamorada cierro el puño y lo aprieto contra mi vientre, duele, dueles y mucho, pero confío en el amor cuando éste es de verdad, ya no me importa la fragilidad, las dudas ya no son armas, y creo entender de qué va esto de compartir. Y te lo digo yo, que nunca tuve tesoros enterrados, que mi mapa del tesoro se quedó sin tinta azul, te lo digo yo, que de dolor y pérdida sé un rato, te lo digo yo que por ti maté dragones sin escudo, lanza u armadura, te lo digo yo…

La ducha larga recorre minuciosamente lugares amados, esos que nunca se van de la memoria, que permanecen anclados aun cuando la tormenta es inmensa y la confianza escasa, recuerdos de un sol tímido anunciando cambio de estación, poblando escaparates de colores suaves y tejidos ligeros, calles que se pasean con la impaciencia  del final de la primavera, esa que para muchos huele a lápiz y helado, manos entrelazadas compartiendo risas y ocurrencias, tal vez hablen del destino elegido para unas vacaciones que se asoman de puntillas, tal vez los proyectos comunes cobren vida con ayuda de las buenas temperaturas, todo parece más fácil, más posible, y de alguna forma, más real.

El aroma de los jacintos sublima el momento, admiro sobremanera a los caprichosos  bulbos que florecen de forma anual, su explosión de perfume y color es casi perfecta, y por más que te empeñes, por más que les cuides y riegues, sólo lo harán una única vez. La magia de la naturaleza en estado puro, nada es cuando tú quieras, el valioso arte de cultivar la paciencia y el agradecimiento.

Escojo un vestido que hubieras aprobado, uno que probablemente me hubieses acercado a los cientos de probadores que recorrimos en aquellos días de vino y rosas, me visto despacio, sintiendo la caricia del agradable tejido deslizarse por mi piel, pienso en ti, lo hago de la misma forma que tú, en silencio y con nostalgia.

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Extraño un anonimato cómplice de idas y venidas, observo a un par de árboles muertos, medito sobre el triste final de una vida que acaba convirtiéndote en poste eléctrico, no sé porqué pero le pongo banda sonora a la fría estampa, Satie y sus Gymnopédies. Avanzo observadora tratando de secuestrar momentos que pueda utilizar, intercambios de sonrisas y deseos de buenos días se canjean con frecuencia, tú odiarías esto.

Al fin la tranquilidad e intimidad de un coche que te guarda secretos y te ve  llorar, que conoce tus gustos musicales y te calienta la espalda mientras buscas un oasis lejos de cualquier lugar, a menudo los km se suceden imprevistos, cómplices de una terapia que poco a poco va ayudándote a reiniciar.
Soy una mujer que ya no siente el vértigo de la caída libre.
Que llora cuando quiere.
Que ríe sólo cuando lo siente.
Que habla menos y escucha más.
Que se halla en plena metamorfosis.
La serpiente que se prepara para dejar su piel, ésta vez, para siempre.

 

 

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,
alguien canta el lugar en que se forma el silencio.
Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar,
ni tampoco el mundo.
Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.

La palabra que sana

Alejandra Pizarnik