Me gustas, y confieso que también la forma en la que sonríes cuando me tienes delante, me gustas los viernes por la noche cuando cenamos sin prisas y con vino, me gustas los domingos por la tarde cuando te pones en pie a horas de siesta obligatoria y empiezas a jugar a un juego de esos en los que hay que hacer cosas (socorro), tales como golpearle a la nada (lo que no se haga por amor….), dar saltitos ridículos, o lanzar cosas que debes (sí o sí) imaginarte.
Me gusta que seas limpio y ordenado.
Me gusta ver a través de tu prístina mirada y descubrir el jardín secreto de la luz que alguna vez se vio atrapada, luz paciente y hermosa, luz que no deja de brillar, que confía y sabe que va a ser rescatada.
Me gusta pasear y tropezar con tus ojos curiosos.
Me gusta lo fácil que nos resulta perdernos en una serie interminable de carcajadas desencadenadas por el recuerdo de un excedente de información, me gusta el sonido de tu risa mecida por la dulzura de tu voz.

Me gustas en diciembre aun siendo seco y frío, me gustas con calma y sin prisas, me gustas elegante y en la ducha.
Me gustas bastante, algo más que un mucho, al menos un millón de corazones juntos, y quinientos besos rojos, me gustas con el café de la mañana y con el vino de la noche, me gustas a oscuras y con los besos iluminados que destilan el sabor del campo y del aromático trigo.
Me gustas a rabiar bajo la lluvia, me gustan los besos húmedos, los largos que llenan la boca de vida y madera, de tierra y uvas, de nosotros y las promesas que no se requieren, de la magia por la magia, de lo espontáneo y libre, de lo tuyo y lo mío, de lo que no le importa a nadie más.
Me gustan los besos que saben a coco y sal.

Fíjate si debes gustarme que sería capaz de ir contigo de compras, es un logro, porque detesto hacerlo acompañada, debes saber que soy práctica, sencilla y rápida en eso del shopping, que odio profundamente probarme la tienda entera para no comprar nada, que me aburre la idea de tener que acudir a un centro comercial abarrotado de féminas histéricas peleándose por el último bolso que alguna bloguera estilosa ha colgado en su último post y que, oh, sorpresa, se ha convertido en todo un “Imprescindible”. (Si llegamos a ser más tontos….acabamos todos siendo presidentes).

Para que yo sonría y sea feliz, lo tienes increíblemente fácil, llévame de cañas, vayamos juntos al fútbol, tirémonos en un césped toda la tarde, háblame de tus amigos y de sus historias, describe aquella puesta de sol y cierra los ojos cuando lo hagas, coge mi mano y apriétala fuerte cuando quieras decir te quiero sin hablar.
Aprenderemos a amar demonios y verás lo rápido que salimos del infierno, a veces merece la pena pasar un  poco de calor.

Me gustas nervioso y emocionado.
Me gustas callado, me gusta entender tus silencios y que sientas necesidad de ellos.
Me gustas con el pelo revuelto y la camisa arrugada.
Me gusta que seas sexy.
Me gusta que me debas un beso en el puente de Brooklyn.

En fin, que me gusta vivir desarmada, sentir lo que vale la vida viviéndola así con total y honesta intensidad, querer darlo todo por otro ser vivo, sufrir ante cada despedida, cargar con mi maleta, querer hasta que duela.
Dicen que eso no puede ser bueno, pero te aseguro que yo no quiero vivir de otra manera.
El alma abierta de par en par, tu luz y la mía jugando con sombras, venciéndolas, domándolas, reinando sobre la cima de la verdad y la razón, construyendo un sueño, devolviéndole el color a la vida, sonriendo, sintiendo la brisa en el sereno rostro y la humedad de un beso cuando no lo esperas.