Corrían los noventa y todo parecía más que posible, los chicos, los indulgentes padres, los piadosos profesores, la ropa molona de la que te encaprichabas y  de la que sólo te faltaba encadenarte al escaparate, las nada sutiles insinuaciones acerca de lo muchísimo que te gustaba, necesitabas, deseabas, soñabas, a una madre más ocupada en pensar qué se iba a cenar en aquella casa, que en los deseos de una adolescente. No penséis que he cambiado mucho en eso, salvo que ahora colapso a base de correos electrónicos al pobre Amancio cuando alguna de sus prendas se ha convertido en viral (qué mierda de expresión ésta) y claro, se ha agotado, pues eso, a lo loco, de forma compulsiva mandando correos para que me avisen de cuando la prenda estará disponible (no vale para un pimiento), ¡Amancio céntrate!

 

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Recuerdo la música, a mí que siempre me ha definido mejor que las palabras, imaginaos la de pilas que llegaba a usar en aquellos walkman con auriculares  forrados de goma espuma que se aflojaba con el uso y acababa llena de agujerillos, esos aparatos sí eran resistentes, madre mía la de golpes que aguantaban, igual que los súper móviles con pantallas de cristal templado de la China no tan lejana de ahora, estos malditos teléfonos que han acabado con más parejas que la peste en un siglo no tan lejano. Los walkman unían y favorecían el contacto, o no os acordáis cuando compartíamos la canción estirando el auricular como si no hubiera un mañana, y aguantaba oiga, resistía…

Lo peor que podía sucederme era estar al fin en la cama, saber que había cumplido con deberes de libretas rojas con  papel cuadriculado (cuaderno en un pueblo sólo lo utilizan los pijos o extranjeros), que ninguna hermana siete años menor con inquietudes antagónicas a las mías y voz de pito iba ya a molestarme con chorradas de muñecas sin cabeza o colores sin punta, y visualizar todo lo que iba a imaginar al escuchar mi canción favorita, la cual podía exprimir rayando lo psicótico, rewind, rewind, rewind, y de repente, no, no puede ser, la voz acababa poseída por algún espíritu maligno que la deformaba hasta el punto de volverla irreconocible, si, las malditas pilas. Dios, cuánto odiaba eso.

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Los chicos, ay los chicos, cuántos quebraderos de cabeza, y lo curioso es que pasados los años escucho oírles hablar acerca de mí, que si era una chica interesante, que si divertida y algo loca, bueno, no está mal, yo siempre he creído que el humor abre más puertas que la belleza.
En la actualidad paso verdadero apuro cuando regreso al pueblo natal durante los habituales periodos vacacionales y me cruzo con los que entonces erais bajitos, acneicos, y más insulsos que la vida sin jamón, y caray, os habéis convertido en hombres responsables, verdaderos padres de familia, y muchos de vosotros cuarentones interesantísimos, otros, pues eso, con sentido del humor.

Ay la vida, qué deprisa va esta maldita por el mundo, si es que parece ayer cuando era escuchar: https://youtu.be/ujwm8YrEgI4  en la disco y arrastrar a quien estuviera cerca de mi hacia una pista llena de humo tóxico y mocasines azules sin calcetines.

Y bailar con la alegría de la vida que te pertenece, del qué más da lo que ocurra mañana, de que sabes que apuras el toque de queda pero entre la canción que te impide irte y el chico que te gusta que justo acaba de llegar, imposible, castigos a mí. Así pasaron los catorce, los quince y alguno más.

Después claro, un chico raro tirando a anormal pero con moto y chupa de cuero hizo eso que se hacía entonces, lo de “pedir salir”, yo dije que no lo tenía claro, que lo consultaría con la almohada, al día siguiente pretendía repetir táctica, pero aceleró diciendo que o contestaba o no frenaba, claro, valoraba la vida y dije que sí, cinco años me costó la bromita.
Aprendí de fútbol, de coches, de deportes y toooooodo lo que no quería en la vida.

 

Viví el Barcelona 92, los alemanes buenorros que invadían el pueblo durante el verano, lo tontas que nos poníamos para intentar que nos saludaran, la de veces que pasábamos cerca de sus toallas riendo como bobas, claro que, algunas veces aquello de cuidado con lo que deseas que puede que se cumpla se hacía realidad y entonces no nos los quitábamos de encima ni con agua caliente.

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Las horchatas con granizado de limón y los primeros cubatas Kiwi Rives, el Mangaroca, las infinitas partidas de futbolín, las pipas en los bancos y aquella osadía infame de tocar timbres y salir corriendo. Los cines, la playa, los fuegos artificiales y la vida que era tan extraña como perfecta. No lo sabíamos, no teníamos ni idea de cuánto echaríamos de menos todo eso, ahora que somos las primeras en llegar y las últimas en irnos de la vida, los empleos, los maridos, los hijos…

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Quiero dedicar este post a por supuesto Vinaròs, bello pueblo que me vio crecer y que inoculó el germen de contar y contar todo lo que allí viví para utilizarlo luego, a lo largo de los años, los errores y aciertos.
A Ruth, Charo, Noelia, Begoña, Laura, Maite V. y Maite M. y a toda esa increíble clase, esa fabulosa añada de un colegio que ya no existe pero al que siempre volveremos. Liceo Quijote. Gracias compañeros y compañeras.

 

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Miss Cid on the rocks