Cuando el avión alzó el vuelo tropezando con una manada indisciplinada y esponjosa de nubes salpicadas de dudas y atardecer, el paisaje de verdes, marrones y naranjas se fue empequeñeciendo ante sus ojos, y lloró. Lloró todos las lágrimas retenidas desde su infancia, lloró lo que nunca había llorado por nadie. Lloró por ella, también por esa alegría ingenua que nunca más volvería a sentir.
Debajo de esas nubes ignorantes se filtraban los días más bellos de su niñez.
Un conjunto de sentimientos encontrados iban y venían entre las ráfagas de aire, imágenes grabadas a fuego lento en el fondo de su alma. Y una pregunta necesaria, una pregunta obligatoria, y ahora… ¿qué iba a hacer? Sabía que había forzado sus sentimientos para armarse de valor y tomar la decisión de regresar, y aunque no estaba segura de casi nada, algo le decía que valía la pena intentarlo.
No podía dejar hundir el barco de su vida, por el que tanto había luchado.

chica metro paris

París despertaba con pereza de lunes. En el Barrio Latino, las persianas metálicas iban subiendo creando una sinfonía de chirridos agudos y destemplados manifestando una débil protesta a los brazos cargados de rutina y sueño que las alzaban. Mangueras lavaban las aceras de los restos del naufragio de cualquier noche vivida en la ciudad del amor, un seductor aroma de café y croissant de mantequilla impregnaba de vida unas calles que parecían decir, heme aquí, volvamos a empezar otra vez.

Se detuvo frente a la vieja librería en la que todavía se exhibían los mismos libros de bordes amarillentos que ella había dejado atrás en su memoria, ahí estaban, perennes y dignos. Al fondo vio al mismo anciano a salvo de cualquier olvido, inclinado sobre una mesa de caoba barroca, lo cierto es que parecía formar parte del mobiliario, se quedó hipnotizada observándole, su cabello plateado, las gafas de pasta, el chaleco de lana azul, tan impecable como su porte de vieja escuela, el anciano limpiaba un abrecartas con devoción y esmero. Levantó la mirada y con su habitual gesto amable la invitó a pasar.

-Pase señorita. ¿Puedo ayudarla?
Ella negó con la cabeza con una mezcla de amor, tristeza y respeto.
-Lo siento, no era mi intención distraerle.
-Hay distracciones que se agradecen. Al menos la parte mágica de mis libros cobra vida aunque sea por unos instantes, al menos hoy, alguien hermoso y joven se adentra en esta polvorienta antigüedad repleta de vida congelada e historias que nunca tendrán sus ojos.
-Debo irme-exclamó ella.

Quiso echar a correr, quiso alejarse de nuevo  de allí, se dijo que tal vez regresar había sido un error, otro más en la enorme lista de todo aquello que uno nunca debe decir.

Ay de los corazones abandonados a la peor de las suertes, de aquellos pobres latidos sin réplica ni diástole. Ay de todo aquello que se lanza a la maldita fuente negra de los deseos. Ay de ti. Ay de mí.

rive gauche

Pasó el día recorriendo calles sorprendidas de que las volviera a pisar, se sentó en cafés amigos que volvían a llenarla de inspiración y generosidad, saboreó cada café con exceso de acidez mientras su cerebro volvía a dejar libre el cajón de los momentos que solo lo son cuando uno vuelve al punto de partida.
Al caer la noche, en Les Champs Élysées, cientos de espectadores curiosos se detenían frente a escaparates luminosos cargados de excesos y volvió infalible a su memoria la tarde en la que se dijeron adiós, no fue muy lejos de allí, aunque ahora todo parecía tan extraño en su memoria.
No hubo promesas.
Nadie las hizo.
Nadie las necesitó.
Tacones infinitos golpeando el asfalto teñido de humedad y otoño, un abrigo que se cerraba con la firmeza de un cinturón que se retorcía bajo la seguridad de una mano ávida y fuerte, un escalofrío recorriendo la columna vertebral y un presentimiento…

Aquel rostro blanco y fresco, sin una sola imperfección, aquellos ojos negros como la noche que tanto amaban, un sombrero que escondía su corta cabellera de color miel, todo aquello estaba ahí, de puntillas esperando un taxi.
Un aguacero repentino se desataba y empezó a calarla hasta los huesos. Su abrigo destilaba agua, se alargaba con el peso, crecía, se abría y extendía hacia el suelo, sembrándose en la acera como una inmensa raíz, sus pies inertes, los brazos muertos a los lados, la respiración entrecortada, no podía moverse. No se iría, quería que sintiera su presencia.
Una vibración invasiva la distrajo, su teléfono reclamaba su presencia, al otro lado, el mundo seguía su triste curso ignorante y pobre en sensaciones, lo mediocre se elevaba por encimo de lo místico y cuando quiso darse cuenta, él ya no estaba.
Las lágrimas se fueron mezclando con la lluvia. Una sensación de orfandad y rabia la fue invadiendo, agitándole el alma, la soledad imponía su extraña ley. Ella era ahora un árbol abandonado en medio de la nada. Relámpagos frenéticos, espadas de plata que terminaron formando un gran círculo a su alrededor de luces y sombras que parecía protegerla, en su interior había dejado de llover.

polaroid pareja