Lejos quedan las primeras horas en aquellos dorados cafés que formaban parte de cada una de las vidas que los frecuentaba, lejos flota el olor a madera gastada  y cuero raído, lejos, muy lejos de mil instantes, de pensamientos enquistados, sueños vendidos y secretos desvelados José acude como cada mañana a desayunar y vivir otras vidas que no le recuerden la suya, no es que no le guste su apacible y estable jubilación, pero rodearse de jóvenes con serios problemas sentimentales le parece más entretenido que hablar con los escasos amigos que quedan ya de medicamentos, rodillas gastadas y lápidas de mármol mal grabadas. Ni siquiera el fútbol le interesa, ha perdido la ilusión por el deporte rey desde que los jugadores empezaron a ser más importantes que sus clubes o los entrenadores, no desde que ganan más de lo que merecen.
Diestro en adivinar vidas ajenas, puede con apenas observar la forma en que alguien remueve el café o parte el croissant conocer qué ocupa su mente y si el amor ha llenado sus ojos de esa húmeda melancolía.

No siempre fue así, hubo un tiempo en el que José vivía su propia vida, un tiempo que le había pertenecido, unas riendas que lejos de arrastrarle, le conducían por los caminos de su destino en busca de una verde pradera.
Sigue echándola de menos, el tiempo no es igual sin su sonrisa, las horas se transformaron en enemigas desde que ella cerró sus ojos para no volver a abrirlos con las primeras caricias que llegaban con la luz que rompía la noche.
Sigue pensando en ella cuando acude al mercado y descubre que con mayo llegan las primeras alcachofas, cuando los nardos le acarician la cara y le obligan a cerrar los ojos, cuando la lluvia mejora cualquier día, cuando mirarse a los ojos era el mejor plan, cuando sueña con sus besos y alarga la mano hacía el lado vacío de la cama, cuando las calles le hacen sentir huérfano y desamparado.
Ella, y aquella tarde de feria, ella y aquella mirada tímida que le pellizcó el corazón, ella y el valor que le infundió para olvidarse de su propia inseguridad.

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Dice que la gente ya no se mira del mismo modo, que se desperdician instantes irrepetibles por culpa de la innecesaria tecnología, que ha visto la decepción en los ojos de personas que esperaban más y necesitaban menos.
Piensa que el mundo va demasiado deprisa, que nadie se detiene a oler la lluvia y chapotear charcos, que nadie roba flores de los parques para regalárselas a sus amadas, que hoy lo que más preocupa es lo que menos importa.
Hoy José ancla sus recuerdos en una mujer que bebe su café con manos temblorosas, detiene su mirada en la tristeza que ella emana y siente ganas de sentarse a su lado y pedirle que sonría, mirarla a los ojos y asegurarle que sea lo que sea lo que perturba su alma y nubla su mirada, pasará. Siente pena por ella y desearía abrazarla.
Piensa que en cada uno de nosotros hay un río oculto a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el arrepentimiento.
Si no son las dudas, es la impotencia.
Recuerda que alguien le enseñó a vivir, un alguien que alababa y celebraba la vida viviendo el momento, alguien que pensaba que si siempre estás preocupado la vida se escapa como agua entre las manos.

José tiene miedo de dormirse, miedo a las pesadillas, miedo a que la memoria le robe lo único que le pertenece, siente frío pero se ha acostumbrado a que forme parte de su viejo cuerpo oxidado. Habla con ella como todas las noches, dame la mano mientras la muerte viene a buscarme le susurra despacio, no tengas prisa, no me hagas promesas, tan sólo dame la mano y entrelacemos los dedos, sonríeme, prometo encontrar el camino que me lleve de vuelta a ti, no te preocupes, llevo café.

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