La intermitente y extraña noche había dado paso a una luz insultante que invadía con osadía la habitación proclamando con un estruendo no deseado la llegada del nuevo día. Sintió el estómago revuelto y dudó entre tomarse una de esas pastillas que te ayudan con la conciencia agitada o café, optó por lo segundo por aquello de los efectos secundarios, las prisas y no saber muy bien qué iba a suceder.
La melancolía había anidado con fuerza en su cabeza, todo indicaba que el dolor había llegado para quedarse y sinceramente a estas alturas todo eso del pellizco, la mariposa y la noche en vela, quedaban tan inalcanzables como la traviesa manzana que asoma alta y poderosa, bien lejos de la mano ávida por poseerla.

Las horas detenidas entre un cerebro excesivamente rígido y un corazón desubicado hacían de aquel día, un día óptimo para evadirse de cualquier realidad que asomara de puntillas en un momento nada propicio para la lírica.

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La bolsa de las escapadas imprevistas siempre estaba preparada para acompañarla en estas situaciones de emergencia emocional, así que la huida fue rápida y segura, apenas una mirada furtiva hacía los enseres de aseo por aquello de no lamentarlo más adelante, el pie derecho siguiendo al impulsivo izquierdo hacia un destino tan inesperado como incierto, la llave en la mano y las gafas de sol protegiendo la fragilidad de unos ojos que no querían ser expuestos a un mundo no preparado para cobijar desencuentros forjados entre estrellas y lamentos.

Unos cuantos mensajes garantizarían la privacidad del momento, la soledad estaba a salvo si ninguna madre neurótica llevaba al ayuntamiento una foto cursi de graduación  para que saliera en las noticias por un par de llamadas no devueltas.

El jardín secreto revolvía flores para que su aroma la guiara a través de la duda existencial que en aquellos instantes la invadía.
Canci0nes tristes de letras intensas filtrándose entre recuerdos caducos.
Ecos de súplicas imposibles de satisfacer.
Nostalgia de tiempos plácidos y libres.
El peso de vidas ajenas en espaldas cansadas.

 

Las preguntas y los kilómetros  seguían revoloteando a su alrededor mientras el paisaje antes desdibujado por lo ajeno de todo lo desconocido, cobraba protagonismo entre montañas familiares. De pronto se encontró delante de la puerta de la casa, había llegado, sin darse demasiada cuenta y es que en aquellos momentos de gran perplejidad, era consecuente y natural buscar refugio en lo familiar, el muro de piedra gris le resultaba inmensamente reconfortante. El olor a tierra, lavanda, mimosa y humedad, así como el abrazo cálido de finales de septiembre la reconfortó de forma casi instantánea.
Advirtió que su pulso volvía lentamente al ritmo habitual y algunos pensamientos, se aquietaban.
La casa, de ladrillos y tejas, rodeada por un bello jardín florido que estaba en su mejor momento ya que siguiendo la pasión de la propietaria, cada planta, arbusto, proclamaba al incipiente otoño como su mejor primavera. A lo lejos el río corría salvaje, cerró los ojos para dotar de color aquel sonido tan fijado a su memoria, lo imaginaba pálido, lechoso en sus orillas y verdoso en su final, devolviendo guiños dorados al cansado sol de la tarde.

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Comenzó a recorrer el soleado jardín, bellos jazmines y campanillas bordeaban el sendero de ladrillos, se detuvo frente a la puerta, la cruzó dejando atrás la brillante luz de la tarde para encontrarse con un vestíbulo tímidamente iluminado, las paredes blancas decoradas con fotografías y retratos de un tiempo pasado  que no parecía tan lejano.

Las habitaciones de cada miembro familiar que acudían terapéuticamente a la casa en busca de respuestas, silencio y buen vino eran respetadas y nunca invadidas, la suya, pequeña con una gran cama con dosel que ocupaba descaradamente el centro, al lado, un pequeño escritorio de haya debajo de la ventana, había sido su cómplice y confesor en tiempos de diarios y cartas de amor perfumadas. La vista, extraordinaria.
Los recuerdos de aquella feliz infancia se colaron en su habitación cuando ésta se abrió, el dulzón aroma del jazmín llenaba de aire fresco la habitación, sobre la cama, una manta de cuadros, cuidadosamente doblada.  Se hizo con ella y se dirigió al jardín, la extendió en su lugar favorito, justo al lado de su olivo del alma, el que la escondía cómplice en las tardes de veranos llenos de escondites, el que le dejaba su ancha rama para que ella apoyara su cabecita llena de sueños revueltos, quien miraba las estrellas y escuchaba en secreto de confesión de quién estaba enamorada.

El atardecer llegó sin avisar, cubrió las depresiones que el terreno formaba entre las lomas y bosques, avanzaba deprisa devorando la luz. Pero no se marchó, siguió tumbada, se volvió para mirar la casa, apenas una masa oscura bajo aquel cielo púrpura, se estremeció al pensar que tenía que tomar una decisión.
La sensación de conocer la historia, de confirmar algo que siempre había sospechado, alguien que la esperaba en el futuro, esperando a que lo encontrara…