Creo en la magia de las pequeñas cosas, en la magia de las grandes pequeñas pero inmensas cosas, creo especialmente en la magia de las miradas y de todo aquello que en definitiva, no es necesario explicar ni comentar. Estoy viviendo el verano de mi vida, y sé qué pensareis que justo lo acabamos de empezar, sí, es así, pero os juro que he tenido que pellizcarme durante prácticamente todo el mes de lo feliz que soy y lo intenso de todo lo que he ido viviendo. Por otro lado, lo necesitaba, era preciso salir de nubes tóxicas y de todo su pestilente radio de acción, y no me refiero con esto a niveles preocupantes de monóxido de carbono, que también. Uno no es consciente del aire que respira hasta que deja de hacerlo.
Ya no quiero chantajes ni dramas.
No quiero parejas locas ni paranoicas, ni héroes que quieran salvarme, yo no necesito a nadie con capa que quiera lanzarse desde la primera azotea.
Tampoco necesito a pobres afligidos por la mala, malísima mujer que tienen al lado, esto me recuerda a una maravillosa canción de Zenet, que os recomiendo encarecidamente, por supuesto el título es: “Ella era mala”…

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Más que nunca sé qué quiero y qué no. Y no permito ya, cuestiones ni juicios acerca de eso.
Es absolutamente maravilloso, este sentimiento fuerte y poderoso de entenderse a uno mismo, cuesta buena parte de la vida llegar a él y ya ni os cuento mantenerlo, pero una vez estás en el camino correcto, nada vuelve a ser lo mismo.

Y me muero de felicidad, de ganas, de vida, de sol, de besos.
Me muero por la vida,  y por todo lo que te tiene preparado cuando estás listo para empezar a entenderla, a vivirla, a dejar de buscar culpables y cuando solamente quieres despertar en los brazos adecuados.

Así que cuando cae la tarde y el sol empieza a intercambiar guiños cromáticos con el paisaje, cuando todo lo alado sale a planear y emite graznidos pizpiretos, cuando las velas cobran protagonismo y el calor da tregua, cuando los nervios hacen que te vuelvas idiota y los ojos parece, que vayan a salirse de sus cuencas por toda la vida y luz que contienen, cuando todo eso sucede y además, los jazmines perfumen las calles, apareces tú y sublimas cada palabra de esta, tú redacción por siempre, y todo sigue siendo igual, pero nunca nada será lo mismo.
Porque me encanta tú loca forma de ser.
Porque esa loca forma de ser, me encanta tanto como para no querer cambiarla nunca.
Porque contigo soy y nada deja de ser.
Porque me muero por ti.
Porque tú te mueres por mí.
Porque me siento capaz y con fuerza para ser, todo aquello que me dé la gana intentar.

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Cuando la tarde deja de ser ocre y se vuelve púrpura, los sentimientos ocupan ya, un lugar importante en el mundo, lo suficiente como para ser vistos desde la estratosfera, y no hay vértigo ni excesiva prisa. La sonrisa, la pausa, la mano que acaricia la suave mejilla, el tierno y amoroso abrazo por la espalda, y la felicidad que explota dentro de uno salpicando al resto con confeti dorado.

Felicidad, algo que llega cuando le permites entrar.
Cuando por fin liberas tu cabeza de un montón de gilipolleces, que no sirven más que para que sigas enredando los días de una forma patológica, y nada productiva.

Vivir, algo que empiezas a hacer cuando alejas todo lo que se descompone de ti.
No permitir jamás que nadie, mate la magia.

Impar, porque uno y uno son mucho más que dos.

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Las sombras descendían, los pájaros callaban,

la luna desplegaba su nacarado olán.
La noche era de oro, los astros nos miraban
y el viento nos traía la esencia del galán.

El cielo azul tenía cambiantes de topacio,
la tierra oscura cabello de bálsamo sutil;
tus ojos más destellos que todo aquel espacio,
tu juventud más ámbar que todo aquel abril.

Aquella era la hora solemne en que me inspiro,
en que del alma brota el cántico nupcial,
el cántico inefable del beso y del suspiro,
el cántico más dulce, del idilio triunfal.

De súbito atraído quizá por una estrella,
volviste al éter puro tu rostro soñador…
Y dije a los luceros: “¡verted el cielo en ella!”
y dije a tus pupilas: “¡verted en mí el amor!”

“Ayer, al anochecer”

Víctor Hugo