Fue bastante rápido, ya saben, una de esas certezas que se tiene en la vida cuando el que se asoma a las puertas con filtros y manías no se queda atrapado en ellas como si de una tela mosquitera de decepciones, engaños e inconformismos se tratara.
Recuerdo la luz que entró con él la primera vez que le vi, una aureola dorada con cúspides blancas de bondad y ganas, una sonrisa que abarcaba ciudades y unos ojos llenos de un “lo mejor está por descubrir” imposibles de resistir.

Confieso que lloro todavía, lo hago cuando nadie me ve o cuando puedo camuflar las primeras lágrimas con cualquier pretexto absurdo, vacío y un tanto superficial como hormonas y demás. No es fácil aceptar que hay senderos verdes por los que no volverás a pasear, que tal vez lo mejor fue aquella ilusión de la que no supiste participar, que errores y torpezas tienen precios inasumibles en el banco de la eterna bancarrota.
Los años de siembra fueron años difíciles en el campo de la crisis internacional, sobrevivimos gracias a metas cada vez más inalcanzables, cansados de carreras de fondo sin descenso que aliviaran parte de la pesada carga, empezamos a quedarnos sin aire.

 

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Dicen que la verdadera naturaleza de las personas tarda en salir a flote, pues yo te digo con la cabeza alta y el corazón encogido, que eres mil veces mejor que yo, que la generosidad que te puebla es de otro planeta y que ojalá algún día puedas entenderme. Entender que lo vivido y sufrido se graba a fuego en una piel cansada, haciéndola parecer más vieja, comprende que te quise más de lo que sabía querer, que lo mejor de mí tal vez fuera para ti.
Sonrío pensando en la vida que al fin te devuelve la sonrisa, lo mereces, eso y cada amanecer cobre al que te gusta sorprender a medio vestir.

Suena raro pero creo que se aprende a querer cuando ya no eres ni estás, cuando ya nadie espera nada, cuando te percatas que la orquesta dejó de tocar hace días, cuando el camarero apaga la última luz y apenas se distinguen las copas, y cuando la última cigüeña alza el vuelo en busca de viejos campanarios que la envuelvan del calor que necesita.

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Volví a enamorarme, claro que lo hice, y en el trastero emocional de las décadas que pasan, ya no caben más errores. Tengo estantes repletos de lo que hice porque no quería lamentar no haber hecho, de válvulas de escape con nombres ridículos y camisetas horrendas, de curiosidades y porque síes, de la última y a casa, de me suenas de algo y no sé de qué, de sonrisas deslumbrantes y manos perfectas, de infelicidad mal gestionada, de yo qué sé…y ahora, ahora pienso en ese trastero al que quiero en multitud de ocasiones dinamitar, pero forma parte de mí, una enorme suma de malas y buenas decisiones, me pregunto si queda algún hueco para guardar un pedazo de aquella ilusión.

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Escribo esta especie de disculpa de la que a buen seguro te llegará la notificación para que sepas que no vengarte ha sido el mejor castigo que podías infligirme, demostrar sin actuar que de los dos, tú siempre fuiste el vencedor, olé tu casta de grana y oro y mis cuatro post de mierda en algo más de un año. Ya ves, al parecer no mirar atrás no resulta tan sencillo.
Me gustaría pensar que estas letras serán una especie de texto purificador y olvidarás lo malo para conservar lo único que mereció la pena, pesa menos que un disco duro repleto de recuerdos y mentiras y más que un alma acostumbrada a perder.
Perder, perder, perder, perder, perder un verbo infinitivo de poca monta, con  poca gracia unida a su terminación.
De nosotros ya no queda nada, sólo nosotros y alguna fotografía que se cruza en el camino cuando buscas imágenes para insertar en entradas que se escriben en tardes tontas.

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 Ándate con cuidado.

Que no se entere nadie
de que lo pasas bien,
que tu vida funciona
y eres feliz a ratos.
Hay gente que es capaz
de cualquier cosa,
cuando ve una sonrisa.
Karmelo Iribarren