Cuando el teléfono sonó supe inmediatamente que era un sí, y es que ella no hubiese devuelto una llamada a una hora tan intempestiva para argumentar un no con débiles pretextos. Uno tiene amigos que le acompañan a bodas, otros con los que ve fútbol, algunos que se emborrachan contigo cuando no consigues ver el vaso lleno y unos con los que haces las mudanzas cuando una etapa sentimental  llega a su fin. En mi opinión, éstos últimos son los de más valor junto con los que te obligan a coger un taxi cuando la lengua se te pega en el paladar y sorprendentemente lo ves todo triple.

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Para nosotras era la tercera mudanza, confieso que con ellas se aprende a no acumular chorradas innecesarias tales como recordatorios de bodas, bautizos y comuniones, es como si pensaras, a ver, en caso de finiquito emocional, ¿de verdad voy a necesitar cuarenta pares de zapatos y treinta seis abrigos?, obviamente cuando no dispones de asistente personal ni demasiados recursos económicos, la respuesta es no.

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La conversación que mantenemos entre la distancia A (imagínese cualquier café lúgubre y pegajoso) y la distancia B (entiéndase como vivienda del susodicho, antiguo nido de amor) es del todo surrealista, repleta de incoherencias propias de un par de tías que regresan de madrugada de cualquier “after” de mala muerte sin parada hedonista en la churrería más cercana.
Hablamos de bebidas, de peluquerías y de pienso para perros, supongo que el hecho en sí constituye un patético mecanismo de defensa, una forma de no alargar la tragedia ni de regodearse en el fracaso. Jamás abordamos el tema en rigor, por pereza básicamente, ambas sabemos que habrá tiempo y alcohol suficiente para ello.

Uno de los peores momentos de la situación es encontrarse con vecinos demasiado preocupados y pendientes del número de maletas que salen de tu antigua vivienda, algunos son discretos y simplemente desvían la mirada ante el hecho, otros se detienen a preguntarte si os mudáis, y una minoría se acerca mientras su rostro muta en el de alguien que acaba de quedarse viudo. El modus operandi siempre es el mismo, negar, negar y toser.
Mi amiga es siempre el jefe de obra en la operación “mudanza”, ella decide si empezamos por la ropa o escogemos qué libros se van a quedar, es la que prioriza sobre nostalgia y necesidad, sobre básico y estúpido. Mi norte, mi brújula, mi ibuprofeno, mi moneda para el carro del supermercado, mi psicóloga, mi yo con cuatro cosas te hago un arrocito que te mueres, mi carcajada sincera, mi ser imprescindible.
La experiencia es una ventaja y resolvemos el incómodo momento en el que el susodicho intenta aislar y llevar a la presa a un rincón en el que falta oxígeno y esperanza para tratar a la desesperada de convencer, rogar, persuadir, exigir una nueva oportunidad. Somos buenas y no permitimos que nadie nos arrincone (Dirty dancing fue útil para muchas cosas), así que salimos del lugar en menos que los vecinos montan una falsa reunión de escalera.
Dudo entre si despedirme agitando un pañuelo blanco u propinar una peineta y acompañar el gesto con algún taco vulgar propio de un camionero cabreado, al final ella y su sempiterna serenidad imperturbable logran hacerme desistir de la idea, aunque chasqueo la lengua en evidente señal de protesta.

El final del proceso es siempre el mismo, un bar desconocido que pasará a ser leyenda, asociado de por vida a la exitosa operación mudanza y su protagonista. Resulta bastante improbable que volvamos a él así que podemos emborracharnos como si no hubiera un mañana o  nuestra madre nos obligara a ir de compras en una mañana de resaca que caray, a veces ocurre todo y en el mismo día.
Las horas se escapan deprisa cuando la risa es quién las gobierna, hablamos de nosotras, de planes que no tenemos y de dudas a las que jamás regresaremos, de la importancia de no mirar atrás y de la lección aprendida. Nos miramos y entendemos a la perfección, no hace falta articular palabra ni concretar el momento con algún tópico eufemismo.
El camarero se acerca por cuarta vez a preguntarnos si vamos a comer algo, casi al unísono gritamos un contundente: “¡Deje la botella!.

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