Amar a un ser humano, o gozar de la fortuna de poder comprometerte voluntariamente y responder de forma activa a su necesidad de desarrollo. Y, creer en él cuando de sí mismo duda, contagiarle tu vitalidad y tu entusiasmo cuando está a punto de darse por vencido, apoyarlo cuando flaquea, animarlo cuando titubea,  tomarlo de las manos con firmeza cuando se siente débil, confiar en él cuando algo lo agobia y acariciarlo con dulzura cuando algo lo entristece, sin dejarte arrastrar por su desdicha.

Es, compartir alegrías y regocijarte con la misma dicha.
Es, disfrutar la compañía sin necesitar jaulas doradas.
Es, no impedir vuelos ni cortar alas.
Es, paladear el regalo de compartir el presente por el simple gusto de estar juntos sin ataduras ni obligaciones impuestas.

 

sombra pareja besándose

Amarse a sí mismo es, escoger el camino más difícil, el que no entiende de atajos ni mapas del tesoro, seguir desafiando cada oleaje que acaba salpicando el cristal del corazón viajero, pasados bucaneros llenos de cicatrices que dejan el alma demasiado expuesta. Una ingenuidad muerta, un no sé qué, que ya no volverá.

Cielos de ciudades amadas que extrañas, púrpuras y azafranes que te desgarran la memoria. Huidas que se complican cuando ya van quedando menos islas en las que naufragar.

El primero en enamorarse, pierde.
El primero en olvidar, gana.

Amarse a sí mismo es vino para uno y sueño para dos. No viajar porque los recuerdos matan. Abordajes en forma de sonrisas que perturban los sueños tan ligeros ya. Estrenar nombre cada noche, no importar quién eres para aquellos que no dejan de ser otros. Olvidar todos los estados. Apurar copas y suspirar.
Amarse a sí mismo es, no conformarse. Ser egoísta y tener el valor de aceptar cada letra.
E. Entrar y salir de consultas en busca del mejor dorado.
G. Ganas de viernes cada lunes.
O. Oír sonidos que llevaban tiempo disimulados entre humo y asfalto.
I. Imaginar un cambio. Ilusionarte con él. Ignorar. Iluminar cualquier parte. Idiota.
S. Sonreír desde el corazón, a nadie, por nada, por todo.
T. Tiempo para mojarse los pies mientras la boca de la lluvia bebe.
A. Amor, Amar, Amarte, Amaré, Amé.

otoño en la mesa chimenea

Parecía que nunca se peinaba, aunque se dedicaba a ello en cuerpo y alma. Cada mañana se despedían con una sonrisa tierna en aquella estación que les enseñó a besarse, se enfrentaban a todas las adversidades conocidas por el hombre, y alguna que otra noche se adentraban hacia lo nagual en busca de respuestas que la luz del sol les negaba. Luchaban por tratar de volver una y otra vez, tal vez porque creían que aquello que alguna vez vivieron había sido felicidad. Ya no lo era, ya no la había, y era tan doloroso darse cuenta de aquella muerte.

No había culpables. Nunca los hay aunque los haya.
El tiempo suele detenerse en los corazones de aquellos que tratan de retener. Para los demás, se escapa como arena entre las manos.
Quedaba túnel y oscuridad, probablemente toda, pero algo sabía, que iba a luchar con toda su alma cuando ésta se lo permitiera, cuando hubiera sanado su ala izquierda, la que siempre sabía hacia dónde emprender de nuevo el vuelo. Era cuestión de vientos favorables y un poco de valor, volvería a colocarse con los pies bien  juntos en el borde de su azotea emocional, cerraría los ojos  y se diría a sí mismo que podía hacerlo.
En la luz brillante de las hojas hallaría la complicidad necesaria a través de sus guiños plateados.

 

Una mañana de miércoles

Hace una mañana gris,
opaca, triste. Estoy
en un bar, con un café, sentado
junto al cristal que da a la calle.
La música –suave, lejana, indiscernible–
acompaña sin pedirte nada
a cambio, ni siquiera que la escuches.
Cae una llovizna suave
–y un poco torcida– que hace
que algunos de los viandantes
no se la tomen muy en serio
y se resistan a abrir el paraguas.
Aquí dentro solo estamos el camarero y yo,
y ahora mismo esto es lo más cercano
a un pequeño paraíso en la tierra.
Me siento casi como en el compartimento
de un tren. Si lo fuera
yo tendría un billete
hasta la última estación.

Karmelo C. Iribarren