Ya no tengo la paciencia ni la inocencia de antaño, y reconozco que las decepciones ya no saben a nuevo, ni siquiera traen consigo la dicha de la experiencia adquirida que cobra vida ante la posibilidad de ser utilizada, no, ya no.

No fue un día distinto de otros, de hecho había empezado de la misma forma, con la rutina diaria y sus pequeños gestos, ni siquiera llovía, no había nube alguna en el puro lienzo teñida de acero y púrpura que abriera el cajón de las dudas y la tristeza.

Pero el corazón no engaña, siente y late de forma libre, lo hace siempre, resulta imposible sugerirle, condicionarle u tratar de manipularle. Se mueve por latidos llenos de verdades y huele la tormenta mucho antes de que ésta llegue con su manto húmedo y lo empañe todo.

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Me pregunto si me quiero tanto como digo.

Me pregunto si sé querer tanto como creo.

Me pregunto si me convierto en agua entre las manos cuando siento la presión cerca.

Me pregunto si alguna vez me tocará algo fácil.

Me pregunto si alguien se acordará de mi cuando ya no esté para albergarlo todo.

Me pregunto si podré volver a cerrar los ojos alguna vez y dejarme sujetar.

Me pregunto qué quiero hacer y qué no quiero hacer.

Me pregunto qué tengo y qué no tengo.

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Un camino que se desdibuja bajo los pies, unas inapropiadas e inesperadas prisas que con su fama de malas consejeras obligan a decidir sintiendo que la inercia me lleva a la deriva, un todo o nada, un ahora o nunca, una difícil elección y un duro no saber, saberse a oscuras y desnuda, en las manos el proyecto u la perfecta ocasión.

Matices extraños que rellenan las grietas que se forman con la fragilidad expuesta, una vulnerabilidad a flor de piel, y un único deseo en forma de lamento y vacío, un teléfono que ya no contiene vida del otro lado, una voz muda, un silencio eterno…

Para ti era sencillo, siempre tenías las palabras adecuadas y manejabas los silencios con total precisión, maestro en el arte de los espacios en blanco y los puntos suspensivos, doctor en voces rotas y lamentos perdidos. Contigo no habían reparos ni palabras medidas, contigo uno podía ser él, la radiografía de la experiencia y el amor incondicional, los consejos altruistas  y la entrega como causa. Dime ahora cómo me las arreglo sin todo eso.

Cierro los ojos y trato de rememorar situaciones parecidas, trato de recordar qué consejos dabas y el vino que bebía para agudizar la intuición, trato de contener las lágrimas y centrarme en lo importante pero confieso que hoy nada me sirve, confieso que la tristeza forma parte del menú y que poco puedo hacer para eludirla.

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Abrázame y avísame cuando haya cesado la tormenta.

Acaríciame el pelo y dime cómo era yo de pequeña.

Prométeme otra vez que nunca me dejarás sola.

Y repite eso de “Esto también pasará”.

 

Tras la segunda copa, la quinta lágrima y el tercer suspiro, decido coger la chaqueta y salir a dar un paseo por la fría tarde, me cruzo con una señora mayor que me recuerda a mi abuela, va vestida con una gruesa bata azul marino que ata a la cintura con una doble lazada, lleva una bolsa de supermercado que ha utilizado como bolsa de basura, mi abuela también las aprovechaba para ese fin, nos sonreímos casi a la vez, me mira con cariño e indulgencia, por un momento me pregunto si resulta tan evidente o si la experiencia en su caso es todo un grado de sabiduría. Sigo andando, atravieso calles, avenidas y alguna que otra plaza que fue indudablemente más bonita en un tiempo pasado, es lo que tiene la evolución y los desastres de proyectos urbanísticos, que no siempre mejoran las cosas, de hecho, se cargaron una bella plaza y parte de la historia de miles de habitantes que la utilizábamos como centro de reunión, con altos árboles que nos proporcionaban una bella sombra, y bancos desgastados de madera verdes que cobijaban los primeros encuentros de pipas y besos. Llego a la playa y me descalzo, ando por la orilla mientras la fría arena me recuerda que estoy viva y aún siento, me recuerda muchas más cosas de las que quiero ahora mantener en el presente, sonrío, porque eso es lo que mejor se me da y por un instante logro olvidarme del problema y pensar en la solución, queda orilla, queda playa, queda vida y quedan ganas de luchar, un estornudo me devuelve a la realidad de grados y estación, y el inconfundible aroma de sal y vida de mi mar me devuelve a la calma de los abrazos que se guardaron a fuego y para siempre, sonriendo con dulzura hacia el viejo lugar, en el que nos equivocamos.

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