Tras los gélidos cristales que apenas si lograban contener el inmenso frío exterior se vislumbraba la pálida luz del sol de invierno que daba por acabado su día  regresando débilmente a su guarida. La costumbre de esperar había dado paso a un estricto deber que lo  parecía un poco menos con ayuda de la apurada copa, siempre medio llena, claro.
Trataba de recordar el impacto de las últimas palabras que emanaron de una boca espesa tan acostumbrada a lastimar, le provocaban un terrible pellizco lleno de dolor y arrepentimiento. Se supone que ya no debía sentir nada, se supone que resulta fácil decirse a sí mismo que aquello fue lo único que debía suceder, pero lo que no se vive duele más que cualquier error cometido, la injusta imposibilidad de seguir en la vida de alguien a quien jamás se hubiera querido perder.

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Nada sabía de ella salvo que ahora vivía alejada del mundo que no merecía la pena, aquél que no devolvía las sonrisas, que llegaba tarde a las citas y que pedía la cuenta antes de que el vino hubiera sido consumido de la copa.
Un conjunto de despropósitos que resultarían siempre excesivos y contrarios para poder acercar tu silla a la de ella. La echaba de menos.
Recuerda el día en el que ya nada volvió a ser como antes, un día lleno de atascos y tubos de escape humeando impaciencia y enfermedad, recuerda la calle, el otoño cayendo de los árboles caducos, la languidez del momento, y por encima de todas esas cosas recuerda un esbelto cuello mirando de puntillas a todo ése caos.
Podrían haberme atropellado y no habría sentido más dolor que el que sus ojos me causaron, una mirada que no invitaba a acercarte pero que tampoco te permitía alejarte, tierra y aire, luz y sombra, fuego y amor, y todas ésas cosas que los poetas fracasados por un amargo desamor vomitan en forma de tinta perenne sobre hojas inmaculadas, una curiosa y dulce contrariedad. Mis pies temblaban como si hubieran aprendido un nuevo paso de baile en mi breve ausencia, mi cuerpo inerte palidecía a medida que la distancia entre ella y yo se reducía.
Algo de un taxi dijo pero yo sólo puedo acordarme de sus labios rojos entreabriéndose hacia mí. Sé, porque ella me lo dijo en una calurosa tarde de agosto justo después de haber hecho el amor conmigo, que le di la impresión  de padecer algún trastorno mental, aquello le costó alargar la siesta y los gemidos.

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Una concatenación de hitos dieron lugar a un accidente entre nuestros corazones, qué pasa en éstos casos, bah, creo que nadie lo sabrá jamás, por más biblias tituladas Cosmopolitan que se publiquen mensualmente.
Agua entre los dedos, puñados de arena fina que se escapan mucho antes de que supieras que te  había pertenecido, eso fue ella y aún no sé qué fui yo.
No hubo dramas, tampoco tuve que ver cómo metía sus maletas en el coche y arrancaba nerviosa mientras con una temblorosa mano izquierda sujetaba un cigarrillo que nunca debió volver a aquella elegante  mano.
No los hubo porque yo no estaba cerca de sus ojos en aquel momento, de lo contrario tal vez hubiese tenido que atropellarme porque creo con una total seguridad que no me hubiera hecho a un lado para que ella se hiciera paso hacia un túnel incierto a través de romperme a mí el corazón. ¿He dicho ya que la echo de menos?

Hoy sólo sé que la espero tras los cristales que sufren conmigo el paso de todas las estaciones, reconozco que el verano es sin lugar a dudas la peor, el implacable sol de agosto abrasa sin piedad todo resquicio de mi entrega y amor, tampoco el vino me cobija mucho ya que sufre casi tanto como mi corazón en ésa estación.
El horizonte se convierte cada día en una bella utopía llena de dudas y sabor, como el de sus labios, como el de sus lágrimas, como el de todo nuestro amor.
Mientras regresa, repaso mentalmente la lista de faltas y delitos para no volverlos a repetir jamás, aunque esté borracho, aunque me hayan rayado el coche, aunque no confíe en nadie, aunque el mundo para mí sea un lugar hostil, aunque mi equipo no gane ni con maletines, aunque mi jefe sea mi jefe, pase lo que pase levanto la mano derecha sobre el libro de Ferrán Adrià y repito en voz alta que nunca más volveré a dejarte sola, repito y vuelvo a repetir que no me haré a un lado de la carretera aunque tu quieras emular la escena de Sr. y Sra. Smith, nunca, nunca más.

 

“Es inútil buscarlo”

Es inútil buscarlo. Cuando menos lo esperas,
aparece en un bar: Y ya nada es igual
en adelante. Un día toca los dinteles
de la gloria, y al siguiente te rompe
el corazón. O no. O quizás tienes suerte,
y sólo acabas harto de la felicidad.

Karmelo C. Iribarren