Ya no soy pelirroja, de hecho ahora ya no sé ni de qué color es mi pelo, años siendo la “Gilda” del barrio y ahora resulta que tras mucho experimentar con una cabeza llena de emociones contradictorias decido, y a modo superficial cambiar aquello que parece más fácil solucionar, el color de mi pelo. No sé quien soy, no me ubico en esta gama de castaños-mieles-chocolates, según dice mi peluquera; bah, ha borrado mi estela de seguridad forjada a golpe de melena sobre fondo negro; nada, nada puedo decir para que vuelva mi Gilda, nada.
Algo parecido me ha pasado también con los ojos, no es que haya perdido visión ni nada de eso, es solo que cuando el espejo me devuelve la mirada no reconozco a esa mujer con el brillo apagado, ¿Dónde está la miel?, espero que la edad no sea perder identidad, estoy a punto de cumplir cuarenta y uno por Dios, se supone que todavía puedo colarme en el grupito de las salvajes treintañeras, de las de me pillas en un momento de mi vida en el que vas a ir a vacilarle a tu P… madre.

Os confieso que el tema de las arruguillas (lo escribo en diminutivo porque ESA ES LA REALIDAD),que son pequeñas todavía no me preocupa nada de nada, apenas unas suaves líneas de expresión de las que me siento muy orgullosa, y es que comer sano y beber mucho vino ayuda (digáis lo que digáis sobre éste último).
Que levante la mano el/ la que necesite vacaciones.

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Hay una canción que me saca la tristeza que nadie ve, ésa que solo se asoma cuando te quedas a solas y a oscuras en cualquier estancia que te abrace en silencio. La letra no es ninguna maravilla y dista mucho de parecerse a cualquier obra del maestro Sabina, pero me sirve. Se trata de una canción que supuso la banda sonora de una película que también me gusta bastante, es una de “The Boss”, tampoco penséis que a mí me hace llorar cualquier mediocre éxito comercial con portada de brillantes colores y palmeras postizas venidas a menos.
Desde que viera la película “Del revés”, le concedo muchos más privilegios a la tristeza, la escucho, trato de ponerle siempre la bufanda cuando salimos a la calle, la prevengo de percepciones, interpretaciones y gilipollas, a veces sirve y a veces no, pero lo intentamos, tratamos de conciliar momentos aunque la mayoría de las ocasiones queramos inundar la habitación. La mayoría de las personas no habla sobre dicha emoción, no llega a ser tabú pero poco le falta, es como si sentirse triste fuera a dar lugar a un sarpullido contagioso del que es mejor poner distancia; no amigos, la tristeza sólo necesita ser escuchada, comprendida, abrazada e incluso sufrida.
Estoy más cerca de comprender quién soy gracias a las lágrimas que han modificado la imagen que el espejo me devolvía.
No soy perfecta.
No tengo muchos amigos.
Todavía estoy lejos de mí.
Aún siento el vacío insaciable.
No he pedido perdón a las personas adecuadas.
He sido cobarde.
Miré hacia otro lado cuando tú necesitabas que te cogiera la mano, lo sé, lo siento, lo sufro, te lloro, pero seguro que piensas que estás mejor sin mí, no lo digo con el sabor de la derrota, estoy feliz y me siento tan orgullosa de tu increíble capacidad de superación, que nada puede empañar eso, ni tan siquiera las miradas furtivas hacia un pasado que en estos difíciles momentos repletos de melancolía parece mejor. Conservo una fotografía que me hace sonreír, una que evoca momentos que ahora considero perfectos, que el ayer no es ahora lo sé, pero que la vida debería tener un par de comodines los cuales usar en situaciones de emergencia, es algo que “el de arriba” debería meditar detenidamente. Me quedaré con la sonrisa y esperanza, con las buenas personas y sus acciones.

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Ay amigo mío, te subiste a la verde pradera antes de los cuarenta y esta crisis de mierda me la estoy comiendo entera y sola, creía que esto también lo pasaríamos juntos, que sería una de esas cosas que recordaríamos con ternura y algo de horror, que creceríamos un poco más espalda con espalda, codo con codo, lágrima con lágrima, mientras abríamos nuestro kit de supervivencia repleto de chocolate, pañuelos de papel y nuestra película favorita, ésa que los que nos leen desde hace años conocen bien (y los que no, pues hala, toca echarle horas), todavía hoy deslizo el dedo en la pantalla de llamadas buscando a alguien que no está, todavía echo de menos los mensajes absurdos repletos de alucinaciones que me hacían partirme de risa y no siempre en el mejor momento del día.
Nunca sabrás lo que se siente cuando las luces se apagan y los sentidos te golpean las sienes en busca de respuestas que no tienes, nunca lo sabrás…
Me alivia pensar que juegas con mi hijo mientras le hablas de ciudades, bebidas, perfumes, vinos y colores, que estás con la abuela más chula del reino, que os reis juntos, que a veces me ponéis verde y otras me echáis de menos, que los días de lluvia os asomáis entre las nubes y me lanzáis besos.
Me alivia mucho saber que estáis juntos, de verdad que si.

¿Veis lo que pasa cuando no se bebe el vino suficiente?, que uno se mira el ombligo emocional y todo estalla en mil pedazos, bueno, tal vez deba poner alguna de esas listas horteras del Spotify que llevan globos en la portada (al menos no son palmeras), tal vez hoy deba llenarme la copa un poco más arriba de lo razonable y dejar que se me emborrachen los sentidos, así podrán huir de mi cuerpo antes del necesario exorcismo.
Esto también pasará, la frase estrella de una que ahora brilla tanto como ellas.
Salud amigos.
Va por ustedes.

 

LOS ESPEJOS

No los domésticos,
estratégicamente dispuestos
para que te digan siempre
lo que quieres oír,

sino los otros,
los que no tienen dueño,
los de los bares,
los de los comercios,
los de los vestíbulos de hotel,

esos son los que te dicen la verdad:
que no eres nada, nadie,
en realidad,

sólo uno más
que pasaba por allí.

                            Karmelo C. Iribarren