Cada mañana, a la misma hora, en la misma mesa del mismo bar, ella hace acto de presencia asomando su aura en la puerta de cristal que, con un poco de suerte tarda algo más en abrirse y dejarla entrar, tiempo extra que dedico a tratar de impresionarla mientras nervioso, salpico el periódico con la cucharilla del café que pegada se queda en la página menos apropiada para impresionar a una mujer cómo ella.
En esta era de deportivas sin cordones, de pantalones tres tallas de más, de pelos a medio ser, de caras llenas de todo lo que nunca debería estar, en esta época de prisas sin cortejo, de miradas felinas sin experiencia previa, de que ir encorvados sea la norma, su porte la hace mucho más especial, incluso aristocrática. Efecto que se amplifica por su magnética capacidad para expresarse con frases bellamente construidas y cuidadosamente pensadas, en las que su inteligencia brilla tanto como su carisma.

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Necesito una musa para escribir, y sé qué la he encontrado en ella, ya que escribir es un acto de excavar hacia dentro, el origen de toda ficción está en la memoria, y ella está en el antes y después.
Imagino cientos de finales en los que, con un vestido azul de lino, se encuentra en una cocina, nuestra cocina, con las manos llenas de aceite encargándose de una masa que va estirando sobre una tabla de madera, me acerco por la espalda y la beso en el cuello, ella se estremece y se acerca a mi boca para devolvérmelo, me toca cariñosa la nariz dejándola llena de masa, sonrío, la miro, la amo, y eso es todo lo que quiero en mi vida, a ella.
Ella no tiene final, ella que aparece y desaparece, que me deja con una sensación de ahogo al irse del bar, consulta su teléfono mientras paga, en ocasiones sonríe como si alguien le pellizcara la mejilla desde el otro lado de la pantalla, a veces frunce el ceño y su boca no sonríe, otras se despide de alguien que conoce y le desea un feliz día, pero jamás me mira, así que mientras lo hace, contaré su historia, ya que también es la mía.

 

La brisa de verano le recorría el cuerpo, ese olor a agua marina en el aire, pensaba que lo tenía todo, que era feliz, pensamientos paralelos al poder que tiene la juventud, libertad, posibilidades, capacidad de encajar los errores mejor que los aciertos, días largos y mucha vida en ellos, y el deseo ferviente de marcharse de allí, deseo de ser libre de todo lo que había conocido, los amigos, la familia, trabajos, pasado, ese mundo que era tuyo, que amabas y odiabas, sentir que la vida estaba esperándote, esa página en blanco desafiándote a que la escribieras de una maldita vez.

acantilando
Sin ser consciente de ello, así quedó inaugurado el periodo de búsqueda incesante, tratando de encontrar respuestas e instrucciones,  y siempre las mismas  preguntas:  ¿Por qué no podía sentir? ¿Por qué no sabía sentir?
Perderle fue como perder la lluvia, jamás una pérdida la había llenado de tanta orfandad, de tanto desconcierto y desolación, de sentir que se paseaba desnuda por las calles y la vida.
Su confianza en las relaciones era frágil,  ésta implica dejar que los demás conozcan de nosotros tanto como tengamos el valor de mostrar, y no es sencillo dejar que se asomen al otro lado de la máscara, la que colocamos para superar nuestros miedos, también para aprender a querer y a confiar a pesar de ellos, hacía falta tener mucho valor, y  una pareja muy fuerte.

Barrancos teñidos de rojo y azul, amaneceres pálidos y amarillentos que apagaban todos los colores, la vida pasaba siempre a los lados de un coche, granates, marrones, bosques  y montañas despertaban a la vida, un cielo que descendía perezoso sobre el asfalto, kilómetros que se sucedían llenos de magníficas bandas sonoras, y un sol cegador que derramaba oro sobre las colinas.
Llegó, luchó, ganó y escribió.

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Leo su entrevista mientras ella apura su habitual café, dice que, una de las cosas más difíciles fue tener que reconciliarse con el rol de los hombres en su historia. La verdad es universal, y nos afecta a todos. Muchos años pensando que no era lo bastante buena, que tenía que complacer a los demás para ser aceptada, querida, sentir que no era lo bastante guapa, ni lo bastante delgada, ni lo suficientemente lista.

La miro y pienso en cómo podía pensar eso…
Reconoce también que mantuvo relaciones con hombres para que la dotaran de identidad, estrella del rock, primera dama, madre, socia, y nunca ella, jamás lo que ella quería ser. Aprendió la importancia de dedicarse el libro entero a sí misma para poder ofrecerles a los demás, capítulos de verdad.
Fue muy duro sobreponerse a la ausencia de una madre en una edad en la que más la necesitas, eso hizo que comprendiera con el paso de los años y mucha ayuda psicológica, que había decenas de cosas que no habían sido culpa suya.
Resulta imprescindible mirar hacia atrás antes de poder dirigir la vista adelante, y sin embargo, es imposible dar la vuelta a ciertas disfuncionalidades emocionales que vienen de la infancia, sé que nunca seré capaz de dejar atrás determinadas cicatrices psíquicas, pero estoy aprendiendo a sobrellevarlas.

La observo detenidamente, me embauca, me cautiva, su lentitud de movimientos es algo sumamente erótico, la forma que tiene de coger la taza y llevarla a su boca, esa maravillosa manera de ahuecarse el pelo, con cierta dificultad prosigo en mi lectura, al fin y al cabo, se trata de observarla con una cierta traición, con una mezcla de voyerismo y admiración.

(…) malísima en matemáticas, de las que cuando les preguntas cuánto son 23 x 3  se pasan cincuenta y seis segundos pensando, pero escribir se me daba bien, eso se juntó con que me gustaban los libros, las anécdotas y viajar.
Poca gente sabe que amo el flamenco, esa unión de belleza y dolor, y cómo trascienden en el tiempo y el espacio.
Vibro cuando conozco a alguien, escucho su historia y miro el mundo a través de sus ojos. Esto ocurre en los lugares menos esperados, y en los momentos que no habías previsto, a veces a diario, justo cuando crees que no te veo, cuando piensas que mi café se encuentra alejado del tuyo y de las miradas de un indiscreto lector que finge estar concentrado en el horóscopo…

 

Debí de palidecer mucho, debí de imaginar porqué su café duraba más tiempo del habitual, debí suponer un montón de cosas que se agolpaban de repente en la sien, pero no lo hice, tarde, ya era muy tarde para el pretexto.
Un abrigo negro impoluto se detuvo junto a mi mesa, mis ojos se habían quedado detenidos en el cinturón, levanté la mirada poco a poco con el  miedo contenido de que un guante largo y negro me abofeteara la mejilla, mi Gilda estaba allí, junto a mi mesa solitaria, y con una voz dulce, cargada de fuerza y seguridad dijo: Lo más importante del amor es encontrar a un poeta que te ame y comprenda, especialmente por lo que uno está pasando cuando escribe, aunque dicho poeta no ame los libros (…)
El resto de todo lo que dijo será siempre mío y suyo.

 

“Conviértete en lo que eres”
Friedrich Nietzsche