Los que cuentan ahora con años de batallas acumuladas en cuanto a posguerras y cartillas de racionamiento, nos miran con una mezcla de ternura e incredulidad mientras nosotros, nos preocupamos de que no se acabe el papel higiénico y nuestros hijos no se aburran demasiado en este nuevo apocalipsis llamado Coronavirus.
Listas de la compra con corazones en el reverso y un “Pepe vuelve pronto a casa, te quiere, tu familia”, diez minutos de mensajes llenos de preocupación porque has ido a dar un paseo de cinco con el perro, Ertes, hipotecas, persianas bajadas, calles desiertas, mascarillas hechas con plantillas de los pies, guantes de pesar verdura, carne agotada, productos veganos intactos (estoy de acuerdo, si llega el fin del mundo, que le follen a la soja), gente que reprime la tos aunque se haya atragantado con el Cola-Cao, y un sinfín de despropósitos agolpados por la inminente pandemia que parece, solo dejará en pie a los más habituados al medio, joder, eso ya lo decía Darwin.

Y una vez más demostramos dos cosas, una, que nuestra sanidad es lo mejor que tenemos, que los sanitarios (entre los que me incluyo) se dedicaron a esta tan sacrificada profesión por humanidad y devoción, que somos un gremio castigado y olvidado salvo cuando no hay nadie más que te  administre medicación y te diga que todo saldrá bien, que se olvide de su propia familia para que tú puedas volver con la tuya, que ya no sepa ni cuántas horas lleva con el mismo uniforme y que sólo te pide que te quedes en casa.

Incluyo a esas maravillosas personas que te sonríen en el supermercado, a las que te hacen volver a casa cuando te disfrazas de dinosaurio por aquello de mascotas sí.
Y, otra, que qué viva nuestro maravilloso sentido del humor, hace muchos años que afirmo que hay dos clases de personas en el mundo, las que se ríen y las que hacen reír.
Maravilla, un auténtico oasis el que creáis aquellos que jugáis al bingo desde el balcón, aquellos que impartís clases de zumba desde la piscina de la urbanización, maravillosos todos los que os esforzáis para que a nadie le falte la sonrisa en estos días tan confusos y desconcertantes.

 

Toda mi solidaridad. Todo mi amor. Todo mi respeto y cariño. Toda la fuerza, la esperanza, las ganas.
Saldremos de esta y de todas, porque somos uno cuando nos acecha la adversidad.
Porque no ha nacido el virus que pueda con nosotros.
Risas, amor y vino.

 

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