Generalmente, a primeros de mayo suele llegar el buen tiempo a la costa. El gris acero manto invernal va despojando lentamente a la tibia playa mediterránea de su pesado abrigo.

Entre vientos y lluvia vamos recibiendo a un tiempo amable, junto con el olor a tierra húmeda y a vegetación creciente, el campo se tiñe de un tímido e incipiente verde amarillento, los árboles se reponen del duro castigo y cubren sus ramas de una bruma de blancos pétalos. Jazmines y mimosas, el intenso azul de los lirios, la belleza simple y serena de los perfectos y nobles tulipanes, y el armónico cantar de los pájaros que anuncian su regreso entre vítores alegres despreocupados que prodigan encima de sus copas altas.

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Y todas las mañanas de su larga vida, una señora octogenaria pasea por la playa, recoge conchas y estrellas muertas que a buen seguro lucharon por no salir de su mar, también recoge algún que otro resfriado. De un tiempo hacia aquí, no todo va muy bien dentro de su cabeza, y es que cada vez olvida más nombres, mezcla algunos recuerdos y por orgullo no reconoce que en ocasiones no sabe volver a casa.

Camina pensativa con sus botas forradas, su viejo jersey gris, su impermeable verde y un gorro de lana tan viejo como su inseparable can, un labrador negro que se convirtió en su mejor amigo cuando todo el mundo dijo adiós. Reconoce para sus adentros que la verdadera soledad empezará cuando Sam, que así se llama su viejo amigo, estire la pata. Prefiere no pensar, se consuela mirando el horizonte  que ambos comparten, un tiempo regalado frente a un verdoso mar que esconde tormenta, un escenario que le parte el corazón sin proporcionarle quietud o lágrimas.

Promesas que no pudo cumplir.
Sueños regalados.
Larga espera para aprender a volver.

La única persona que sabía volver por su doloroso y particular camino de baldosas amarillas, desapareció como una moneda en la arena. Los años no perdonaron y,  el tiempo implacable y fiel ejecutor, se lo llevó, se llevó lo único que de verdad le había importado, aquello que nunca abandonó su corazón.

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Emprendieron el regreso a casa pasando por casitas bajas cuyas ventanas relucían al sol, algunas abrazaban al aire puro con sus puertas abiertas, fue subiendo la cuesta que cada vez parecía tener mayor pendiente, era un alivio llegar al recodo del seto de la última casita azul, ésta indicaba que se había acabado la ascensión.

Entraron en casa por la puerta de la cocina, olía a café, siempre lo hacía. Dejó las conchas nuevas sobre la mesa de madera clara, miró por la ventana y se sobresaltó al sentir frío y algo de miedo.
…y una melodía llegaba a sus oídos, recordaba cada palabra de esa canción, cada letra, cada cuerda que dotaba de estructura y magia, cada suspiro, cada sílaba aliterada.
Los planes, los sueños, todos danzando en su recuerdo amargo, dolor y pérdida, mar azul, mar en calma, mar revuelto, mar muerto.
La noche tan corta, la ausencia tan larga.

Se preguntó por qué no se sentía satisfecha, si ahora peinaba sus canas con peines de nácar de conchas que ella misma recogía, si confundía la noche con la tarde, si el café siempre estaba listo, si los libros que había escrito llenaban un par de estantes de una vieja estantería de roble rojo, ordenados de mayor a menor dolor.
Se preguntaba tantas y tantas cosas, muchas de ellas permanecerían sin respuesta, casi como en esos finales abiertos que despiertan la imaginación y en ocasiones la rabia.
Los pensamientos se sucedían vertiginosamente, su cabeza había trabajado durante mucho tiempo a marchas forzadas y ahora se negaba a aminorar el ritmo e intensidad.

Vivir para esperar.
Tanto dolor.
Tanto amor.

Aceptar; aquello que su herida nunca le permitió hacer.

Sam la miraba y ella reconoció gratitud y amistad en ella, se levantó de la silla en la que se había quedado ausente, apoyó las manos en el borde de la mesa hasta que las rodillas recobraron cierta flexibilidad, y es que, a partir de una determinada edad nada vuelve del todo cuando se pierde o se va.

Sacó una carta de un cajón olvidado cuyos bordes amarillentos y rizados indicaban su tiempo, volvió a releerla, esta vez sería la última vez, cuando terminó la echó al fuego, los pedazos se retorcieron como si no quisieran marcharse, luchando por permanecer. Rápidamente se convirtieron en ceniza y desaparecieron.

Encontró a su Dios entre el castaño y la nube gris, le pidió un último favor, irse un poco después que Sam, le explicó a una rama del árbol que no podría soportar la vida ni la vejez sin su querido can.

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Siempre, ésa era la última palabra de la carta convertida en ceniza blanca.

Se dijo entre susurros contenidos por unas lágrimas que ahogaban todo puente cuerdo, que era mejor que él fuera delante en esto de la muerte y sus caminos iluminados.
Recogió las cenizas cuando el fuego se quedó dormido, los depositó con sumo cuidado en una preciosa concha plateada, salió al jardín acompañada de Sam, se arrodilló junto al tronco majestuoso de un castaño entrando en años, hurgó un poco en la tierra y las enterró.
Levantó la cabeza aguzando la mirada provocado por un lejano graznido que le resultaba entrañable y familiar, las nubes zarandeadas por el viento se abrieron y los divisó, allí estaban.
Sonrió, ésa era su mayor fuerza, y sabía que una primavera estaba ya en camino, justo detrás del invierno.