La vida al otro lado del ventanal transcurría monótona, rutinaria y aburrida, nada alteraba el día ni el calendario. Repartidores vestidos en rojos, amarillos o grises entregaban presurosos decenas de cajas marrones mientras sus enormes furgonetas, colapsaban una y otra vez las mismas calles por las que conductores nerviosos de autobuses azules volcaban parte de esa frustración que impedía unas vacaciones en lugares más idílicos que la habitual playa familiar con el pobre claxon que a su vez enervaba al pobre repartidor al que su sueldo tampoco permitía otro tipo de veraneo.
Un escenario habitual al que por desgracia ya me había acostumbrado, la culpa, un San Bernardo de casi 80 kg que no entendió a la primera la orden de su dueño, un adolescente hormonado más pendiente de mi escote que de su perro, el resultado, una flamante rotura de ligamentos de la que hacía dos semanas, me recuperaba.

Calles recién lavadas, luces puestas, bares que nos regalaban con el aroma de los primeros cafés la primera sonrisa del día, un siempre fiel a su cita sol, que iba perdiendo timidez a medida que ascendía en posición. Oportunidades que volvían a estar ahí, posibilidades infinitas de arreglar parte de lo que se creía roto, llamadas que podías hacer, mensajes que cambiarían tu día, semana, …vida.
Un mundo al alcance de aquel que sabía ver en medio del caos y las señales.

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Te fuiste. Y no recogimos el relevo a tiempo.
Las madrugadas fortalecían a aquellos corazones tan cansados de latir en el lado equivocado de las cosas. No recuerdo cuando empezaron, sí, cuando terminaron.
Las palabras que al principio fluían de cuerpos poseídos por viejos literatos de la generación del 27, se acabaron cuando las voces empezaron a dormirse.
La peor parte, cuando sola me sentía acompañada.

A menudo me pregunto dónde demonios irá el amor cuando se transforma en indiferencia, tal vez forme parte de suspiros en bocas repletas de segundas oportunidades, tal vez sea el bostezo que se contagia en una tarde de domingo, o tal vez sea esa condensación en el espejo que aparto con los dedos cada mañana.

Se supone que he de guardar reposo, pero claro, también se supone que mi vida a estas alturas sería un huracán sexual repleto de noches eternas y mañanas en las que la alarma fuera algo que consultaras únicamente para comprobar si podías amar cinco minutos más.
Maldita sea con esa vida  de la que todo el mundo sabe tanto, ésa que dicen debe continuar…

 

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He descubierto que o bien tengo un sinfín de especies interesantes que moran alrededor de mi ventana, o mi vecino es un “voyeur” con prismáticos que le quedan siete tallas grandes. Tal vez piense como yo en lo referido a mi vida sexual, bah, el mundo está lleno de falsas percepciones, así nos va.
Pero para interesante la portera de la finca, es como la Wikipedia solo que no necesita conexión, ¡Virgen Santa, no hay nada que no sepa!, conoce horarios, costumbres, manías, divorcios, amantes, es como una madre salvo que no tiene la ventaja de los tupper.
También está el adolescente que consulta páginas prohibidas para sus trece primaveras, páginas que también consulta el padre, claro.

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Te fuiste. Y no supe encontrar argumentos.
Las palabras que ambos necesitábamos sentir no flotaron en el aire que nos unía, apenas unos segundos de indecisión, de una tibia duda todavía moldeable, todavía, todavía, todavía, todavía, todavía….
Hazme el amor. No importa nada más, hazme el amor.

Llega la noche, todo vuelve a acabarse, persianas que bajan, puertas que se cierran, luces que se apagan, calles que se despiden, flores que se marchitan, coches que arrancan.
Besos robados en los portales de padres que imponen toques de queda, repartidores nocturnos con chaquetas reflectantes entregan cenas rápidas para gente que vive deprisa, perros alegres que vuelven de sus paseos aliviados y satisfechos, niños que lloran de la mano de sus padres. Y la vida, que empieza, que sigue, que acaba.
Fue un invierno corto para tan larga primavera.