Los acordes de una guitarra ponen en marcha el lado asociativo de mi memoria convirtiendo éstos en palabras que derivan en frases repletas de mensajes ocultos que dibujan una forma tan temida como conocida, tantas dudas en aquellos tiempos que ahora sé, escondía tras canciones y miradas evasivas. No eras tú, es que yo, siempre fui todo menos lo que esperabas que fuera.

Modo avión en mi dispositivo móvil, vino en la copa, y vaya, no hay un fuego que crepite y duerma  sentidos esta vez, sobreviviré, lo haré, a estas alturas me creo capaz de domar llamas invisibles y fantasmas naranjas, todo menos cederle paso a esta gris mediocridad que consigue a veces que no me acuerde ni de mi nombre.
Echo de menos los árboles tras la ventana, los osados pajarillos que curiosos se asomaban a la luz centelleante que en tiempos mejores se escapaba hacia la oscuridad y las mariposas que vivían en alguna parte oculta de mi misterioso interior, parece algo sencillo levantarse del suelo tras una no tan inesperada caída, lo parece, pero con los años todo pesa un poquito más.

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Hace poco me preguntaban que cómo se vivía sabiendo que el amor había muerto, respondía que no se podía, a no ser que tu también murieras un poco. No hay secretos ni atajos, todo es puro dolor, aunque sepas que te equivocaste, aunque no te mientas, aunque cada día te mires, sonrías y te digas que puedes con el mundo, duele, y duele mucho.
Si tus pensamientos cabalgan a lomos de la clausura, el chocolate y ver mil veces “Thelma y Louise”, estás en la fase aguda, bah, no es la peor, ésta se pasará cuando no sepas cuando fue la última vez que te duchaste y te preguntes con total perplejidad que cómo es posible que te hayas estado alimentando a base de “Doritos” en los tres últimos días.
Llegará la fase en la que quieras borrar todo, bloquearle de todo, quemar todo, tirar todo, bah, ésta se pasará justo en el momento en el que veas que también te ha bloqueado a ti, entonces llegará puntualmente la fase llamada “Que te den”, ésta es terapéutica sólo si la acompañas de vinos decentes, de lo contrario vivirás con la madre de todas las resacas y no habrá ibuprofeno suficiente en el mundo para abrazar tus migrañas. Grita, pero haz del vino tu mejor amigo.
Fase llamada “Ni frio ni calor”, ésta es como los billetes de quinientos, muchos han oído hablar de ellos, pero pocos los tienen en su cartera, como los vibradores amarillos para las abuelas, una utopía multicolor.
Porque no nos engañemos, a no ser que levites por la noche, recicles todo (ojo, siempre), estés en contra del gel de ducha Magno, no comas en la cama, no veas programas de mierda cuando sabes que nadie te ve, no pases el invierno sin depilarte las piernas, no cruces de acera para no tener que saludar a amiguitos del Facebook, ésos de los que conoces qué comen, cuando viajan, cuando celebran sus cumpleaños, pero no porqué lloran, no conoces ésta fase, no lo haces y punto.

Kings of Leon, y su “Use somebody” me acompañan a la mañana siguiente, todo parece menos malo cuando eres la banda sonora de la película de tu vida y no hay guiones adaptados que te impidan ser o estar. Escaparates poco minimalistas con exceso de brilli brilli me devuelven una imagen nada contemporánea, a veces creo que soy una dama victoriana con moño y corsé encerrada en el cuerpo de una tía de cuarenta que dejó de fumar hace mucho pero que sigue echándolo de menos como siempre, que rara vez se peina y que les mira el culo a los tíos buenos, una dualidad con la que reconozco convivo desde que vi casi de un tirón “Downton Abbey”.

La mañana avanza con Babyface y su “Simple Days”, y la gente, las calles, sus fuentes, sus bares, las viejas virtudes y los nuevos defectos te muestran que los años pasan y que sigues estando ahí, tienes más arrugas pero te sientes bella como nunca, el cuerpo te acompaña porque sabes cuidarlo y a veces te quieres más de lo que cuentas.
Llegas a casa sin ser consciente ni de cuando saliste, no recuerdas a quién viste ni a quién quisiste dejar de ver, solo sabes que el corazón late contento porque acompañaste sus latidos con frecuencias de viejos amigos, de repente una vela, unos pies descalzos, el pelo recogido y él, Bruce llega para quedarse, sonrío, sé que su “Secret Garden” me abraza mientras me susurra que estoy a salvo.

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