La intensa luz del mediodía fue dando paso a una acogedora tarde mecida por una brisa suave perfumada de algas y sal, las gaviotas zigzagueaban en busca de algún pececillo somnoliento que se hubiera despistado de su banco protector, y las nubes se reunían veloces en un horizonte rosado.
La vida transcurría apacible y serena en brazos de la rutina escogida y el silencio cómplice, nada perturbaba los días y nadie alteraba las noches. Se habían agotado los problemas de personalidad cuando uno trataba de vivir por dos, ya nadie culpaba al otro, no se compartían las cenas, ni los gustos, ni los sueños. Y sobre todo, ya nadie responsabilizaba al otro de la infelicidad ajena.
No echaba de menos nada de todo eso, sorprendentemente, tampoco algo de todo aquello que se supone debió de ser bueno alguna vez.
La cafetera borboteaba alegre perfumando la cocina del aroma más imprescindible, y es que, líbreme Dios de los cacharros electrónicos que presumen de hacer el mejor café a base de clics armónicos; los cristales se empañaban tímidamente esperando ser cómplices en aquella escena literaria que se forjaba con el mejor atrezo posible.
El silencio, la calma, las ganas, los pies descalzos, la inminente noche, el tiempo, la taza, el paisaje, un oleaje enfurecido y una vida propia.

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La historia avanzaba firme y segura por los derroteros rebuscados de cualquier novela que pretendía alejarse mínimamente del maxi blog, cualquier exceso de estrógenos sería inmediatamente etiquetado y desterrado a cualquier triste estantería repleta de novelas rosas para recién divorciadas.
Huyamos de cualquier fanático grupito rosa, el futuro en ese lado es previsible e incierto.
Unos personajes que se encontraban para luego perderse mientras los astros se confabulaban para joderles la vida de la peor forma posible, un verdadero laberinto lleno de yincanas absurdas que inexplicablemente acabaría por unirles o no, eso dependería del nivel de cafeína del momento.

Aparqué vidas ajenas para centrarme en la mía propia, mi cuerpo me recordaba que la temperatura había descendido a golpe de noche y poco calor, la chimenea acogía troncos de viejos olivos enfermos que seguían regalando vida y calor, más allá del tiempo y dolor. El fuego crecía rápidamente mientras las llamas envolvían de naranjas los pálidos troncos, el místico e inconfundible crepitar se filtraba por la estancia estremeciéndome la piel, alargué las manos con el propósito de calentarlas, frotándolas entre sí mientras pensaba en el vino que me acompañaría durante la aparente larga noche, y es que ya se sabe, había que escuchar a la musa cuando se dignaba visitarme.
Abundantes tonos violáceos, brillante, picota oscuro, copa estilizada y larga como la vida que soñaba con tener, en nariz, la cosa ya se complicaba más, intenso, vivas frutas negras maduras armonizando con la noble madera, arrastrando al baile a tímidos como el cacao, regaliz o café. Y en boca, oh en boca, sabroso, elegante, corpulento, unos maduros taninos que auguraban un futuro prometedor lleno de potencia, equilibrio y vida. Salud.

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Las hojas dieron paso a un maravilloso rape que dada su altivez y poderosa personalidad, sólo quiso ser acompañado por un discreto puerro, salpicado de roja y descarada pimienta; la vida tenía que ser esto, no me cabía duda alguna. A diferencia de mis pobres personajes que se enfrentaban a todos los males posibles a cambio de un poco de compañía y calor, la noche no podía ser más perfecta en el hogar del vino y la leña.
Viejos retales de historias pasadas llenaban mi memoria con momentos que parecían tan lejanos como extraños. Extraños reflejos en el espejo de la juventud bien aprovechada, resultó a veces tan duro, seguir al corazón…
Subí lentamente los peldaños que me acercaban al descanso merecido, un puñado de indiscretas estrellas se asomaban curiosas por la ventana.
Cerré los ojos sucumbiendo obediente al  inminente sueño que se deslizaba dulcemente por mis pies, sonreí, ya no estiraba el brazo buscando seguridad, al final, había descubierto quién era, no hubo perdices en aquel cuento, aunque sí un final repleto de espuma blanca y pies lamidos a orillas del mismo mar.

hyyu