Suelo hacer balance de los años vividos el día de mi cumpleaños, muchos optan por estrenar cuaderno de propósitos y mejores intenciones en fin de año, yo lo hago hoy.
Podría decir que ha sido el año más duro de los treinta y tantos que llevo, un año repleto de monedas que se elevaban cayendo siempre del mismo lado.
Siempre seré la mamá de un precioso bebé que no pudo ver la magia que habita en las puestas de sol, tampoco pudo hacer castillos de arena en la playa en la que su madre pasó su infancia ni tropezar con los adoquines de la plaza, y yo, no pude hacerle reír con muecas extrañas ni tratar de que valorara la vida por las pequeñas cosas de cada día. Sé que siempre estaremos unidos, más allá del tiempo y la suerte existe un cordón umbilical perenne.

He perdido a seres queridos, los cuales han pasado a aumentar el número de estrellas por metro cuadrado de este cielo cada vez más azul. Aún somos muchos aquí abajo, por lo que las ganas de seguir y luchar siguen estando presentes en cada cosa que intentamos hacer.
Pero sabed que me faltáis todos y cada uno. Echo de menos todo lo que teníamos, lo que juntos llegábamos a ser; abuela, si llegas a ver más de cuatro cosas seguro que exclamas un ¡Me quiero volver a morir!, ya sé que hemos hecho mal un montón de cosas, sé que ciertas decisiones han sido para echarse a temblar, pero ya sabes que sin ti somos un conjunto de personas tratando de ser familia.
Hablar de ti siempre me emociona hermano, tu ausencia es probablemente la que peor lleve, y pasan los años pero el dolor sigue intacto, es absolutamente falso que el tiempo lo cure todo, te da y como mucho una cierta distancia emocional, pero el dolor sigue habitando el lado derecho del corazón. Extraño la ilusión contagiosa, las ganas locas de vivir, los sueños que compartíamos mientras observábamos estrellas, las tardes entre cafés ocres mientras garabateábamos caracoles en cualquier grasiento papel. La mirada sabia, el silencio terapéutico, los abrazos cálidos y la fuerza del que jamás camina solo.

Hice las maletas y me mudé, y dejé atrás un montón de pasos no dados y sueños empezados. Y quise ser valiente y no volver a mirar atrás. Y a veces pienso que me he vuelto loca y que qué demonios hago yo aquí si todo es carísimo, contaminado y a veces muy gris, si no tienen playa ni hablan mi idioma.
A veces lloro porque no tengo bancos de madera con mis iniciales grabadas, ni calles que evocan recuerdos de una niñez cada vez más lejana, tampoco me cruzo con nadie que me conozca y  en los cafés no saben que el café me gusta sin azúcar.
Pero cuando las lágrimas se acumulan y el pecho duele por latidos descompasados, pienso en todo lo bueno que tiene estar aquí, en la infinita oferta gastronómica, en las líneas de metro que dejan de ser extrañas, en la familia que me cuida, protege y acompaña. En el abrazo que nunca me falta, y en que todo está por llegar.

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Cuando leáis este post estaré bebiendo un vino y brindando porque superé el año, vencí problemas y amplié mi zona de confort, porque no dejé que el miedo actuara, porque nadie pudo impedir que volviera a levantarme y supe perdonarme a mí misma.
Copa en alto y gracias a todos por acompañarme un año más, ojalá sigamos juntos en esta aventura a la que algunos llaman vida.
Os quiere Angels, la hija de Daniel y Ángeles, la niña inquieta del segundo derecha, la que venía al mundo una madrugada tibia de un siete de mayo.